Estudio Hécate
Hombre Lobo El Apocalipsis

La historia de Temko

viernes, 01 junio 2012 15:50

Se dice que los Dracos, también llamados Zhong Lung, los descendientes de los Dioses Dragones, fueron dotados de la gracia de la memoria eterna. Yo soy un K'iulung, uno de esos descendientes y me pena es no poder olvidar jamás.

Cuando era un crío me enseñaron a leer en el shiro de mi padre; entonces pensaba que era una pérdida de tiempo, que no podría aportar nada a mi vida, llena de lujos y de siervos ofreciéndome sus servicios. Yo sólo quería gobernar y conseguir las tierras que los Temko, dotados del mejor ejército y los mejores líderes, merecían tener. Bueno, quizá entonces si me destino no se hubiese desviado, eso podría haber sido cierto. Incluso tan joven era un imbécil.

De cualquier manera aprendí los modos de la corte, me moje en todos los asuntos del politiqueo de los clanes, conocí al emperador, al Shogun y a otros daimios, como yo; aprendí a sonreír a la cara y a apuñalar por la espalda. Pero mi sangre hervía en esas esferas, lentas y superficiales. Sin embargo, cuando alcancé la pubertad aprendí a aceptar ese mal menor. Pero mi vida era un hastío, aburrida y banal, nada era capaz de excitarme. Sólo hubo una cosa que pudo levantar mi ánimo por esta pusilánime existencia.

Desde pequeño me enseñaron a montar a caballo, a liderar a mis súbditos y a usar las armas. Un día, luchando con mi adiestrador en un entrenamiento con la katana, este me inició la instrucción de técnicas con las que me sorprendía burlonamente "para que comprendiera su funcionamiento". Entonces no lo creí, por supuesto. Creí que se reía de mí, del hijo de Temko Matsuo, sólo para alimentar su ego. No dude entonces, cuando nos volvimos a encarar, en cortarle la garganta con mi arma mortal. Verle sujetarse el cuello, del que manaba la sangre caliente, observar como me miraba con esa cara en la que ya no había burla sino sumisión, fue el plato más delicioso que jamás había probado hasta ese momento. Comprendí entonces que yo era un enviado de, probablemente los dioses para dominar la tierra, para que estos escuchasen mis réplicas, ¿cómo podría ser de otro modo si tenía el poder suficiente para dominar esa situación?. Puede que fuera un simple daimio, pero la nominación no tenía significado para mi. Notaba en mi sangre como recorría el sino al que sólo los Dioses pueden aspirar. ¿Cómo podrían entonces oponerse a mí estos gusanos?, eran como los bufones de las cortes: gritaban mucho para hacerse notar. Sólo hay que acallarlos, de lo contrario su ruido puede provocar la locura.

Me entrené con más avidez aún en el noble arte de la guerra, aprendí los más terribles golpes con la katana, supe maniobrar con mi caballo las más impresionantes embestidas, y mi astucia no conoció parangón en el campo de batalla. Sin duda fui Elegido. Luché contra dos o tres clanes junto con mi padre y mis hermanos, y vencimos a sus mal nombradas "imbatibles" tropas. Fui reconocido entre los míos como un gran guerrero con enorme poder y visión estratégica.

¿Y mientras tanto?, en las tierras que mi padre me concedió, construyendo una pequeña mansión fortificada, goberné haciendo imperar mi ley minuciosamente. Consideraba que aquellos que no la cumplían no hacían otra cosa que burlarse de mí en la cara ¿creían que era idiota?, desde luego lo era, pero entonces no lo consideraba así. Veía en sus rostros a mi instructor lanzando risotadas satíricas. Pero ya aprendí muy bien la lección, y sabía perfectamente que a aquellos que se reían del daimio, no pagando los impuestos exigidos, no mostrando la humildad debida, eran esos bufones gritones que querían estar por encima de los dioses... si al menos hubieran tenido la decencia de aceptar su incompetencia. No. Eran gusanos orgullosos. Y lo que hice fue segar su arrogancia. Aquellos que no me pagaban a su debido tiempo, era su carne torturada hasta reconocer su error. Aquellos que no mostraban el respeto a mí persona eran ejecutados al paso de mi katana. Aquellas mujeres que eran suficientemente hermosas eran ahogadas en mi lujuria, y las que se resistían, asesinadas posteriormente. Aquellos niños que me irritaban en los caminos eran muertos por mis soldados. En definitiva, aquellos que simplemente levantaban mi cólera eran humillados de cualquier manera imaginable por mi mente.

¿Cuánto horror sembré?, ¿cuántos ojos lloraron para siempre por mi egoísmo?, ¿cuántos hijos bastardos dejé atrás?, ¿cuántas familias destrocé?... yo lo sé y no puedo olvidarlo. Y mi alma arderá en el infierno, ahora estoy seguro.

Más tarde mis aspiraciones divinas se vieron definitivamente satisfechas cuando, una noche, tuve un sueño revelador, un sueño que me mostró el rostro de un gran Dragón, con perlas ígneas en la barba, verde armadura brillante y poderosa cola y garras. Yo estaba en lo cierto: los Dioses, los Dioses Dragones me habían enviado a la tierra para recuperar un reinado que una vez nos perteneció, así lo contaban las leyendas. Fue entonces, unos días después, cuando conocí a un hombre, que ahora apreció y que entonces resultó ser para mí una molestia. No era el único de los elegidos por los Dragones.

Él se llamaba Kazunari, y se me presentó en mi shiro con todo el desdén que siempre había despreciado en los campesinos que no sabían donde estaba su lugar. Él, para mí entonces, era un simple siervo de otras tierras. Por supuesto no dude en pedir a mis hombres, una vez entró en mi fortaleza, que se lo llevasen al pueblo para ser azotado y expulsado a causa de su presentación insolente. Aún recuerdo cuando me miró con sus ojos aguamarina antes de que su cuerpo se deformase hasta alcanzar dimensiones impensables: desgarró la carne de mis hombres como los pasteles de los cocineros se cortaban con un cuchillo. Y yo, por primera vez sentí miedo a morir. Pero ese Dragón no venía a matarme, sino a instruirme. Y aún en mi cólera de no poder encararle, decidí seguirle. Me llevó fuera de mi hacienda, mientras dejé a cargo de mis tierras a uno de mis vasallos.

Kazunari me trataba como a un inferior, incluso creo que tenía más consideración con los campesinos que conmigo, todo un Daimio; parecía no apreciarme demasiado aunque algo le obligaba a ayudarme. Kazunari me explicó quién era y que era en realidad. Un Zhong Lung, uno de los hijos de los Dragón, como me suponía. Pude adoptar la forma archid como la de mi maestro, e incluso la forma suchid, que recordaba a un draco de los ríos. También me explicó que en realidad los Zhong Lung formaban a su vez parte de una estirpe llamada los Hengeyokai, que sólo tienen en común una cosa: su capacidad para adoptar formas animales, el resto era politiqueo cortesano del que yo había renegado cuando era más joven.

En mi niñez me contaban muchas cosas sobre estas criaturas, pero siempre creí que no era del todo cierto, sino simplemente cuentos para adormecerme. Lo que no sabían los humanos es que eran tan estúpidas como cualquier otro de ellos. Me repugnaron de la misma manera que me repugnaban aquellos que intentaban ser superiores a mí, a mi familia, en el campo y en la corte. Encontré en esta sociedad Esmeralda otro nuevo frente al que someter, al que enseñar de que manera los dioses pusieron las cosas en su sitio, pues ellos creían estar más cerca de estos, pero nada más lejos de la verdad, no dudaba. Aún con la atención de Kazunari, no tardé en hacerme enemigos. El Clan de los Kitsune, los zorros, tan astutos como arrogantes aún en su escasa fortaleza física, no tardaron en enemistarse conmigo cuando reté a uno de ellos y herí de gravedad. Le habría matado de no haber sido detenido por mi mentor. Los pequeños zorros no tardaron en buscar una vendetta contra mí, y ambos nos enzarzamos en una lucha interna y sutil, de astucia y habilidad. Me hicieron grandes perrerías, pero uno de los zorritos tuvo un desafortunado incidente cuando intentó hacer una nueva... sé que no me dejarán descansar.

Por alguna extraña razón los Zhong Lung me daban la espalda y no confiaban en mí. El conflicto con los Kitsune empeoró las cosas. Pregunté a Kazunari la razón de tamaña hostilidad: me explicó porque yo llegué a ser lo que soy. Siempre había sido "acusado" en el cosmos mundano de ser un hijo bastardo de mi padre, y así era en realidad. Hijo de una campesina de la que mi padre se encaprichó por su belleza, no tardó pocos años después en abandonarla, tras mi nacimiento y mi lactancia. Por lo visto esa campesina, mi madre, de cuyo nombre no tenía constancia, pero que Kazunari me reveló: Nanami, era hija de un K'iulung que murió asesinado por un misterioso hombre de cuyo nombre, paradero y poder desconoce mi mentor. Los Dioses Dragones no le concedieron a la mujer el don del sueño del Dragón, pero portaba la semilla que se convertiría en mi persona, a la que los Dragones si tuvieron el honor de ofrecer su gracia. Según me dio a entender Kazunari, nací sin el beneplácito de la sociedad Zhong Lung, y también aquí me consideran bastardo. Kazunari fue hecho responsable del cuidado de Nanami cuando murió su padre. Al no cumplir su obligación, fue "castigado" con la carga de instruirme. Nadie sabe del paradero de mi madre.

La revelación me resultó humillante, y mi cólera se extendió por todo mi cuerpo. Aquella noche, me levanté y visité al viejo Draco del túmulo, estaba dispuesto a ponerle las garras sobre su garganta para que se humillase hasta reconocer mi herencia legitima, concedida por los dioses Dragón, y obligar a todos los Zhong Lung a arrodillarse ante mi magnificencia. Y así lo hice, me presenté ante él, dormía en forma archid en una opulenta sala de la fortaleza. Entré y me transforme en el Dragón. Le aplasté por la garganta y empecé a clavarle mis garras. Esperaba ver el rostro de sumisión que vi cuando maté a mi instructor. Entonces no me di cuenta, pero el poderoso, aunque viejo, K'iulung, no opuso resistencia a mi fuerza. Porque no hizo nada nunca lo supe. Pero uno de sus discípulos apareció y se abalanzó sobre mí, luchamos fieramente. Él tenía más dominio sobre su forma archid que yo, pero mi furia no tenía límites, y desgarré su carne, hundí mis mandíbulas sobre sus pulmones y aplasté su cráneo bajo mis anillos constrictores. No lo dudé. Acabé con su vida. No sé ni cual era su nombre. Entonces llegaron otros Hengeyokai. Estaban dispuestos a matarme; mi mentor también estaba allí, pero no pudo hacer lo que los demás, se quedó atrás, observando como iba a ser asesinado. Pero el viejo draco los detuvo, contra todo pronóstico. Les obligó a dejarme marchar. Sus rostros mostraban el más absoluto asombro, pero así lo hicieron, y yo me fui del enclave y volví a mis tierras. Pensé: "no los necesito".

Una vez en mis tierras volví a acomodarme y pasó casi un año. Casi un año igual que todos los demás antes de soñar al dragón. Mi ira reprimida en el enclave de la Corte Esmeralda fue descargada en mis súbditos, causando más terror y miedo entre ellos. Nadie se atrevía a mirarme a los ojos, nadie se atrevía a faltarme al respeto. Sólo guardé de que esa disciplina se mantuviese.

Un año. Un año después lo recuerdo perfectamente. Estaba junto al arroyo de un río, esperando mientras mi caballo bebía de él. Entonces escuché un dulce canto que hizo vibrar mi alma. Cuando apareció de entre los arbustos, su cálido rostro y sus dulces facciones callaron mi boca. Cuando ella me vio, sin sorpresa y sin miedo, me sonrió y me correspondió con un cortés saludo. Un cortés saludo de igual a igual. Y es cuando desperté de mi ensoñación. Me acerqué a ella y pregunté por su nombre: se llamaba Rumiko. Rumiko. Era obvio que no sabía quién era. En ese momento se me pasó por la imaginación engañarla y hacerme pasar por un soldado de mis propias tierras. ¿Por qué lo hice?, quizá querría escapar de mi pasado, pero no fue el caso. Simplemente quería ver hasta que punto jugar con esa mujer podría ser divertido. Luego, que duda cabe, confesaría que su Daimio era un bárbaro y yo la violaría, la torturaría y la mataría.

Comencé a quedar con ella a ese lado del arroyo, hablamos de muchas cosas: con mi lengua de serpiente me inventaba decenas de historias y sonreía a la que iba ser mi víctima, mientras me encargaba de que me soltase prenda de su vida. Al fin, por un tema o por otro, llegamos al asunto del Daimio. Parecía que realmente confiaba en mí. ¿Qué pensaba de realmente de su señor?, como lo sospechaba, no tenía una muy buena opinión de Atsumori. Bueno, en realidad decía no haberle visto nunca, aunque se contaban cosas que había hecho horribles. Por primera vez escuché lo que la gente había sentido por sus ojos, y entonces no me sentí demasiado bien. Quizá aquella tarde Rumiko depositará la semilla de mi conciencia en mi cabeza. Terminó diciéndome que sí las historias eran ciertas, Atsumori debía ser una criatura de aspecto horrible y sin corazón alguno. Eso me despertó de mi reflexión, e hizo later en mí la Rabia. La cogí por el brazo enfurecido y le expliqué porque Atsumori era así, ella no parecía comprender y la golpee; comenzó a llorar. La subí a mi caballo y cabalgamos hasta mi fortaleza. Aún ardía enfurecido.

Cuando llegamos le conté la verdad: que yo era Atsumori. Ella me miró con sus ojos brillando por las lágrimas y un lado de su rostro enrojecido por el golpe que le propiné; no podía entender, me explicó. Ella estaba segura, me decía, de que el hombre que había junto al arroyo no podía ser el mismo Atsumori, decía que nadie podía cambiar tanto, ella decía que no podía haberse enamorado de un hombre que fuera tan vil. Esas palabras golpearon mi alma con fuerza, mi mente quedó bloqueada por un torrente de emociones que nunca antes había imaginado. No podía concebir que eso me estuviera pasando.

Que me hubiera enamorado yo también.

Pedí con urgencia y con desdén, aún, que se la llevarán de mi vista. Pasaron unas horas... mi saliva era espesa y mis pensamientos confusos. ¿Por qué no podía resolver el problema?, ¡sólo era una mujer!. Al final pedí que la trajeran a mis aposentos. Allí la llevaron, y allí estaba esperándola. Parecía más calmada, humilde, pero con un espíritu que me hacía empequeñecer ¿y yo era el Dragón?.

La pregunté porque dijo que "se había enamorado de mí". Ella me respondió con un simplemente "porque es verdad". Su rotunda sinceridad liberó mi mente y destruyó todo mi mundo alrededor. Me acerqué a ella y le dije también la verdad: le dije que había hecho cosas monstruosas, pero que gracias a ella había comprendido que lo eran y que no era aquél hombre del arroyo, pero que daría mi alma a los espíritus malignos si pudiera serlo, porque yo estaba enamorado también. Sí, estaba enamorado. Derrame unas lágrimas por la tristeza de mi vida, y porque ahora que sabía Rumiko quién era, no me amaría... pero su bondad no conocía límites. Me besó. Un beso eterno. Un beso inolvidable. La abracé y nos entregamos a la pasión. Sólo en esta copulación conocí el amor. Pero también conocí el miedo, el miedo puro. El miedo al futuro. El miedo a que los espíritus malignos me hubieran escuchado mis plegarias y me alma estuviese condenada. O quizá ya estaba condenada por mi barbarie. Cuando abrí los ojos descubrí la razón de mi miedo: entre mis brazos desnudos yacía el cuerpo desgarrado, cubierto de sangre, de Rumiko. La solté con cuidado mientras empezaba a llorar. Y luego grité... ¡grité!.

Cuando por fin había alcanzado la razón de mi vida, la razón por la que los dioses me habían dejado en esta tierra, cuando la tenía entre los brazos, estos se burlaron de mí, y con mis propias garras acabé con ella. Que ironía.

Llegó mi mentor dos días después de lo sucedido; mi mente ardía en la confusión y la tristeza. Cuando entró se interesó por mi estado. Sus cálidas palabras me arroparon. Por primera vez Kazunari me habló como a un igual. Me enseñó el Shou, el don para hablar con los olvidados, porque me dijo que por fin estaba preparado para aprenderlo. En él podría encontrar, quizá, paz.

Kazunari se fue y me dijo que siempre estaría dispuesto a ayudarle, pero que ahora era yo el que debía tomar las riendas de mi existencia, y que en lugar de derrotarme por lo de Rumiko, me alzase como uno de los antiguos Dragones Esmeralda de antaño e hiciese que ella, desde las estrellas, se sintiese orgullosa. Sus palabras sonaban hermosas, pero Kazunari es demasiado optimista. Soy un monstruo, llevo a la bestia más horrible que jamás haya pisado la tierra del Emperador ¿cómo podría honrar el nombre de Rumiko apestando a la propia muerte?.

Pasaron varias semanas. No sucedía nada y yo no me decidía a tomar ningún paso. Mi padre comenzó a tacharme de apático y yo sólo le daba la razón. Una noche en la que la luna brillaba espléndida sobre el arroyo en el que conocí en Rumiko, apareció una mujer por mi espalda, de forma muy sigilosa. Ella tenía otro carácter, se la veía en su forma de andar, de mirar, de moverse. No era mi Rumiko. Era en realidad una mujer que entró en mi Daimio pidiendo alojamiento antes de partir de nuevo. Dio algunas excusas vagas, y aunque mi padre la rechazó en un principio, yo la dejé estar. Llevaba ya unas cuatro lunas con nosotros.

Entablamos conversación, y empezó a hablarme de mí y luego, comenzó a contarme cosas sobre mis fechorías. En un principio no le presté atención a sus acusaciones, pero luego me di cuenta que sabía demasiado y hacía demasiadas preguntas para ser una simple peregrina. Ella entonces se reveló como aquella que iba a matarme por mis crímenes. Mi verdugo. Sacó unos cuchillos de alguna parte de su ropa y se abalanzó sobre mí. Una de ellas desgarraron mi carne por el costado provocándome un torrente de dolor y sangre, pero su nueva acometida pude esquivarla. No llevaba mi katana y estaba completamente desprotegido. La mujer parecía haber crecido, en altura y fuerza, más allá de lo concebible para una joven mujer, y aún con la escasa luz de la luna parecía su piel brillar de extraña forma. Sabía perfectamente que sin armas me mataría. Furioso por el ataque de la hembra, tome mi forma archid, la cual pareció conmocionarla durante unos instante. Pero ella también cambió: a una enorme serpiente. Nunca había visto semejante shen. Se arqueó con sus garras sobre mí, pero mis brillantes escamas reflectaron sus golpes. Sin embargo, mi mordisco consiguió perforar su carne, batirla y proyectarla por los aires. Un momento después su cuerpo reptiliano cayó sobre las rocas que estaban junto al río, pero se incorporó rápidamente con una gracia y velocidad sin igual. De nuevo la encaré y entonces la miré a los ojos. Me di cuenta entonces que había venido a hacer algo que yo pedía... me di cuenta que estaba intentando matar otra vez a Rumiko. Me derrumbé de nuevo en forma humana y agaché la cabeza. Me arrodillé ante ella. La pedí que me matara, pues yo no podría alcanzar el equilibrio.

Pero no lo hizo. Levantó mi barbilla y me ofreció sus delicadas manos humanas. Sus ojos brillaban de forma extraña. Ella me dijo que tendría otra oportunidad para vivir, y que para encontrarla, mi felicidad, mi equilibrio, mi sino, sólo tenía que acompañarla.

Perplejo, eso hice. Cogí algunas cosas de mi shiro: mi caballo, mi katana, algo de comida y dejé al cargo a uno de mis vasallos.

Ahora, acabo de pasar por un pueblo a las afueras de mis tierras, las del shogun, y he comprado algo de papel con lo que escribo este extracto. No sé de que me puede servir hacerlo, pero siento liberar un poco mi alma dolida, mientras ella está ahí, la mujer serpiente, descansando, resuelta a conseguir algo que aún no me ha revelado. Yo, creo que acabará matándome.

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  • autor: Kether
  • enviado por: Kether
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