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Meltar
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Un pequeño preludio

Enviado el 12-sep-2007, 19:46 h. (+1) Citar
Si todo sale bien, el ultimo finde de este mes me planto en Avila para echar la partida que prometí y no cumplí en las TDN. A ver si hay suerte. Pero, para ir abriendo boca, aquí va un pequeño relato...





Aún recordaba el juego infantil, popular entre los Hida, de “golpear al Oni.” Los jóvenes Hida, con un boken, golpeaban un saco lleno de salsa picante, hasta reducirlo a un montón de harapos manchados en salsa, y podían coger el juguete o sorpresa de su interior. EL truco era apretar bien la boca para que la salsa no se les metiese en la boca, pero dejar los ojos ligeramente entreabiertos para poder ver cuando meter la mano y ser el que consiga el juguete. Debían tener mucho cuidado, pues la salsa escocía si se metía en algún orificio o si no veían un golpe suelto.

Por ello, cada vez que su tetsubo bajaba, aplastando la cabeza de otro trasgo, apretaba los dientes y giraba la cabeza ligeramente, de forma que su sangre no entrase por su boca, pero seguía mirando a su alrededor para ver lo que pasaba. Así era la infancia para los Hida. Dura.

Los cadáveres se amontonaban a sus pies. Llevaba horas, desde que había cruzado la puerta, luchando y matando. Trasgos, ogros, algún Oni. Cada vez estaba más y más cansado. Y seguían viniendo. La armadura pesada y su arma se volvían cada vez más pesados. Levantó de nuevo el brazo, y lanzó un nuevo golpe. El costillar de un ogro retumbó al partirse. Volvió a levantar el brazo, mientras esquivaba los arañazos de un trasgo. Lanzó un nuevo golpe. Otro trasgo, vestido de chamán, fue aplastado, mientras cogía a su agresor por el cuello y le aplastaba contra el suelo. Levantó de nuevo el brazo…



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Ide Baranato observaba mientras su amigo limpiaba la frente de su esposa, perlada de sudor, con un trapo húmedo. La joven Doji no merecía semejante final. No tras todo lo que había pasado. La muerte de sus hijos, la locura de su padre, su agonía y descenso al autismo… La pareja había sufrido tanto. No era justo.

Shosuro Nakata estaba elegantemente sentado junto a su mujer, mirándola a los ojos. Con una infinita ternura. Acariciaba su cara, aun surcada por llagas dulcemente. Como si no existiesen para él. Ella lloraba. No faltaba mucho. Le era difícil hablar, pero luchaba por cada aliento.

“¿He… he… sido una… buena…” Su voz era apenas un susurro.

“La mejor esposa que nadie hubiese podido desear.” Su voz la arropaba. Aquel timbre tenía lo que los hombres llamaban carisma, y las mujeres encanto. Incluso en su agonía, consiguió arrancar una sonrisa a su esposa.

Después de tantos años, Baranato consideraba a Nakata y su esposa casi su familia. Él no había podido tener hijos, y tal vez por ello la gente suponía que le había tomado afecto. Sin embargo, su relación era mucho más antigua, y profunda.

Cuando se conocieron, Nakata era el típico joven escorpión. Leal a su clan sobre todas las cosas, empeñado en vivir más allá de la leyenda de su padre muerto, ansioso de poder y servidumbre. Pero había algo en él. Algo diferente. Se rodeaba de los más dispares acompañantes, e infundía en ellos una lealtad irrompible. Como si estuviese destinado a algo mayor. Y se hicieron aliados primero, se usaban el uno al otro mientras disfrutaban de su compañía.

Sin embargo, y a pesar de ser leal a su Clan y Campeona, al llegar a una encrucijada, antepuso al Imperio antes que a su clan. Solo la intervención directa del Emperador impidió su muerte, y su hazaña creó a uno de los grandes héroes del Imperio, que minimizó su papel. Era un escorpión, después de todo. Si alguien había liberado al Imperio del mal, debía ser su acompañante Cangrejo, ¿no?

“¿Me… me…?”

Baranato observó desde su espalda como Nakata se llevaba la mano al rostro, y retiraba su máscara para que su esposa le mirase por última vez. “Más que a nadie en este mundo, esposa mía.”

No sabía si decía la verdad. Nunca lo sabía. Tenía claro que su amistad significaba mucho para Nakata, pero jamás sabría que pensaba, hasta antes de que actuase. Sabía que le apreciaba, pero también de que le traicionaría al instante si la recompensa mereciese la pena. Pero no sabía para quien debía de ser.

Y su amistad duraba ya décadas, y Nakata seguía siendo una incógnita, no solo para él, si no para el Imperio. Por eso habían hecho a Nakata gobernador de Ryoko Owari. Era un dado demasiado salvaje para la corte. Había apoyado a su clan sobre el Emperador, al Imperio sobre el Emperador y al Imperio por encima de su Clan. Hasta para el Maestro de los Secretos, Nakata era un misterio. Del joven fanático que conoció, al hombre que tenía ante sí, que beneficiaba a la humanidad siguiendo sus propias reglas, mediaba un abismo.

Fuera, atardecía en le jardín, mientras su esposa dejaba de respirar. Nakata se colocó entonces de nuevo su máscara, y se dirigió a su yojimbo, el ronin Shutega. “Da orden de que la preparen.” Su voz sonaba con su candor habitual. Como si nada de aquello acabase de pasar. “Los Naga mandarán a Sadna a presentar sus respetos, asegúrate de que los preparativos estén listos.” Se giró, con los movimientos gráciles y estudiados de un perfecto cortesano. “Baranato-kun,”

Baranato se inclinó ante él, con la informalidad justa y lacedemonia necesario. “Amigo mío. Me alegra que estimes tanto mi compañía para compartir estos últimos momentos con tu esposa.”

“Para ella siempre fuisteis uno más de nuestra familia. Y para mí.” Era imposible no mirarle a los ojos. “Los preparativos para el funeral ya están en marcha, y aun debo pedirte algo más, amigo mío.”

“Lo que necesites.”

“Después del funeral, debo atender un asunto. Algo que tengo pendiente desde hace muchos, muchos años. Para ello, aprovecharé que el último miembro de este baile llega por fin, para enfrentarme a mi destino con todos mis amigos. Solo a ti te dejaré atrás.”

“No comprendo.”

“Moriré, Baranato-kun. Con toda seguridad. Necesito que Ryoko Owari, la ciudad que siempre he amado, quede en buenas manos. En las tuyas, para ser exactos.”

“Pero… pero…”


La puerta de papel se hizo a un lado, y un joven, demasiado joven samurai hida entró en la sala, aun con su armadura pesada puesta. Baranato no podía creer lo que veía, iluminado por su aura dorada, resplandeciente en la oscuridad del atardecer.

“Me esperabas, por lo que veo…” dijo Hida Saguro.
Firmado por Meltar Lo malo de ser un varón blanco heterosexual de metro ochenta con las facultades mentales dentro de la media es que no puedes decir absolutamente nada gracioso sobre una enana negra lesbiana con síndrome de Down sin que el grueso de la población mundial se te eche encima. A este fascinante mecanismo de control social se le denomina “corrección política”.
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