Registrarse
Invitado

La maldición de las olas.

Responder Nuevo tema
Foros de Templo de HécateDungeons & Dragons → La maldición de las olas.
  • Ver mensaje
Ver perfil
Rebis
Ciudadano Cero 0
  • Usuario fuera de línea

La maldición de las olas.

Enviado el 04-jul-2006, 01:48 h. (0) Citar
La tormenta no parecía arreciar, mientras el barquero suplicaba por su vida a las fortunas. Yo permanecía de pie en el casco, agarrándome como podía al endeble mástil que agarraba los harapos que quedaban por velamen. Los golpes de las olas arrastraban la barcaza contra los arrecifes. Cuando quise darme cuenta ya era demasiado tarde para controlar el bote y sacarlo de su rumbo precipitado y fatal.
Salté de la cubierta para ser arrastrado por la corriente en forma de remolino. No tarde en llegar al fondo y casi sin aire, di mis últimas brazadas para alcanzar la superficie lejos de donde rompieran las olas. Entregue mis pertenencias al mar y este me salvó la vida.

En cuanto abrí los ojos, un rostro atardecía sobre mí. Mientras recobraba el sentido el sonido de las olas me recordaba lo sucedido: el naufragio, la oscuridad de la tormenta y la soledad de las profundidades.
Ya estaba atardeciendo y aquella muchacha me ayudó a incorporarme. No tenia fuerzas ni para darle las gracias. Caminamos junto a los acantilados mientras veía subir la marea que volvía para tragarse la tierra. El agua salpicaba nuestros pies. Ya no me resultaba tan refrescante como cuando era un niño y jugaba con ella en las playas del continente.

La muchacha vivía con su familia en una choza solitaria. Nadie más vivía en aquella isla. Eran de clase humilde, pescadores, una familia numerosa viviendo en una casa muy pequeña. Solo tenían dos habitaciones y esa noche me dejarían dormir a mi solo en una y ellos dormirían en la otra. La generosidad de los anfitriones fue más que exagerada.
Al comenzar la noche tras dejarme entrar en el cuarto que habían preparado para mí, el cabeza de familia entro en la habitación y me ofreció a elegir entre su mujer y su única hija. No pude evitar expresar mi asombro y mi rubor, pero el hombre no tardo en explicarme los motivos de su oferta. La razón por la que deseaba que cubriera a una de ellas era porque el ya era mayor y era incapaz de dejar en cinta a su mujer y por supuesto no estaba dispuesto a permitir que su linaje ni su familia mezclara su sangre o abandonara la isla. Parece ser que habían pasado mucho tiempo sin ver a nadie y puede que de este modo su linaje moribundo, pudiera seguir existiendo. Por lo visto los motivos que le anclaban a este saliente de roca abandonado era una terrible maldición que los espíritus del mar echaron sobre sus antepasados. Cualquiera que intentara salir de la isla seria convertido en pasto de las mareas. Yo no era quien para convencer a aquel hombre de que todo lo que decía era producto de su imaginación, fruto del orgullo de sus ancestros y que debía salir de aquel atolladero. El hombre insistió de nuevo en que eligiera a una de aquellas mujeres, que para que iba a negarlo, cumplían con su aspecto, los deseos de cualquier hombre. A pesar de la vergüenza elegí a la muchacha.
Sin hacerse esperar el padre de la familia trajo a su hija agarrándola fuertemente por el brazo y arrojándola contra el suelo. La muchacha recupero el trozo de tela que había dejado al descubierto sus hombros y la corona de sus pechos. Me sentía extrañamente obligado a saltar sobre ella y hacer lo que se suponía que tenia que hacer, pero no podía evitar sentir que hiciera lo que hiciera ella no lo iba a olvidar, lo que me hizo comportarme de manera algo indispuesta y disimuladamente recostarme sobre el suelo dándole la espalda. Ella permaneció ahí en silencio mientras el murmullo de su familia rechistaba al otro lado de la pared.

La muchacha se abalanzo sobre mí mientras yo la abrazaba para poder descargar mi peso entre sus piernas, tomando la iniciativa. En un abrir y cerrar de ojos, fuimos conscientes de que todo aquello era una locura, pero nuestros cuerpos ya estaban ensortijados. Su inexperiencia le hacia emitir sollozar de dolor atenuados por mis gemidos, nuestros ojos evitaban mirarse deleitándonos en el sudor de nuestros cuerpos, los suspiros se volvieron palabras prohibidas y el calor termino por derrocharse entre nosotros dando pasa a la excitante sensación de la espuma del mar sobre nuestros cuerpos.

Tras recobrar el sentido siendo conscientes de nuestros pecados no pude evitar que su cuerpo se encogiera, dándome la espalda y deslizándose fuera del edredón. Mi cuerpo estaba tendido sobre el suelo, mirando al techo. Me sentía como si le hubiera hecho algo terrible, me empecé a sentir culpable y responsable de ella y de lo sucedido. Me arrastré con la manta hasta su lada asta volverla a rodear con mi cuerpo contra su espalda, recubriéndola como una cuchara y acogiéndonos a los dos como si fuéramos una pareja de enamorados en la noche de su boda. Ella estaba llorando en silencio, lo podía sentir en los latidos de su pecho. La agarre con firmeza y le obligué a mirarme a los ojos.
-Te juro que volveré y te sacare de esta prisión aunque tenga que hacerle frente a cada una de las olas que asomen su cresta contra nosotros-
La muchacha se abrazo rodeándome con sus delicados brazos. Su corazón latía sobrecogido por mis palabras.
-¿Acaso eres un espíritu del viento que llego con la espuma de mar para salvarme de un destino solitario y olvidado?-
Nuestros cuerpos se convirtieron en ascuas que despedían el pulso de la hoguera de nuestros sentimientos envolviéndonos en una lluvia de besos y caricias apasionadas, como lenguas de fuego.

El amanecer me despertó con sus caricias. Era como si todo hubiese sido un sueño. La vida de la isla había vuelto a sus quehaceres sin tan siquiera esperar a que me despertara. Todos actuaban como si nada hubiera pasado, incluso la muchacha, que tan siquiera me dedico una simple mirada. La complicidad entre nosotros se había evaporada tras la tormenta de abrazos. Algo en mi sufrió una duro golpe no se si fue mi orgullo o mi corazón. Solo un simple gesto me haría saber que aquello no fue un sueño. Pero no hubo más caricias ni abrazos. La familia había preparado una de sus barquitas de pesca y habían subido abordo algo de comida para el viaje. La tormenta me había desviado bastante de mi destino, pero tras cumplir mi cometido, antes de volver al continente vendría a por ella solo si me daba una señal para saber que toda la noche no fue mas que un producto de mi imaginación y que sus palabras no eran la de una muchacha solitaria y desesperada que había perdido toda esperanza.

La familia se reunió para despedirme, los hombres me ayudaban a empujar la barca mar a dentro. Las mujeres esperan en la orilla. Su presencia me irrita más todavía, lo que me lleva a gritar a cada empuje de la corriente. Finalmente subo a la barca y empiezo a remar mientras los hombres vuelven a la orilla. Las mujeres siguen quietas, esperando. El rostro de la muchacha esta agachado, desearía poderlo ver por ultima vez. De pronto la cabeza de la chiquilla alza la vista para mirar al horizonte. Puedo ver el reflejo de la mañana en su rostro empapado por las lágrimas. Su mano se alza hacia mí suplicando…
-¡Vuelve…-
Su grito se ahoga entre las olas, que lo sepultan bajo la marea. Nunca he sido un hombre creyente, pero aquella mañana pude sentir el celoso abrazo del mar alrededor de aquella isla que pondría todo su empeño por no dejarme volver a verla.
Foros de Templo de HécateDungeons & Dragons → La maldición de las olas.
Responder Nuevo tema
Propulsado por Estudio Hécate s.l. 1998, 2008 © Templo de Hécate. Juegos y videojuegos de rol y estrategia
Condiciones de uso | Asociados | Contacto | Estadísticas