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El PasoEnviado el 28-oct-2005, 03:19 h. (+1) Citar“There are more things in heaven and earth, Horatio, than are dreamt of in you philosophy”
Jaques Mersault estiró un brazo a través de la mesa, y pareció abatido y solitario al pasar la mano por las mejilla de su hija. Esta lo contemplo a la luz del atardecer de invierno. “tiene los ojos de Hitomi” pensó Jack. Los ojos rasgados de Marlene lo miraban en silencio, esperando que dijese algo. Sin embargo seguía enorme, encorvado y en silencio, un silencio helado y triste. El se consumía con el tiempo, y la resignación lo mataba poco a poco. Ella florecía con los años. Era joven, hermosa y alta, el pelo negro le llegaba a los hombros y todavía esa sonrisa como de niña le iluminaba el rostro. Hacia tronar el cuello para molestar a su padre y rallaba citas de libros en su pared. Se demoraba horas en una ducha y los fines de semana se desvelaba escribiendo para ver el amanecer, y... y era humana. Jack se avergonzó de sentir envidia de su hija, pero era cierto, era humana y al menos su mundo no se caía a pedazos. Levantó la vista otra vez y vio que su hija miraba preocupada sus manos. Estaban apoyadas en la mesa y tiritaban de frío. “me estoy congelando” pensó, “hace un frío de mierda”, pero la sala estaba tranquila y su hija parecía bien. - Te quiero mucho, ¿lo sabías?.- los ojillos de Marlene se iluminaron, pero luego volvieron al estado entre triste y preocupados en el que se encontraban, observando al casi cuarentón hombre en el que se había convertido su padre. Jaques Mersault acarició a lo largo de la mesa el rostro de su hija, sin quitar la expresión triste y distraída de su cara. La jovencita observaba a su padre con preocupación. - Siempre lo he sabido... Papá, ¿qué te pasa? - Si te pasara algo, yo... no sé lo que haría, creo que me moriría.- Jack seguía mirando el vacío. - Papá, ¿que pasa?.- insistió. Hubo un silencio que inundó la sala. Jack prendió un cigarro y miro a su hija. Sintió todo el peso de la banalidad que conllevan los años. Había vivido demasiado en muy poco tiempo, la mayoría recién estarían pensando en tener hijos. - Marlene, estoy muy orgulloso de ti, y tu madre también lo esta. Siempre quisimos una niña, pero pensábamos que serías una humana normal. El hecho de que nacieras...- su voz, que en un principio parecía una suplica contenida, calló de pronto. Contempló más allá de la ventanas empañadas por la pequeña estufa. Los montes estaban cubiertos de nieve, y el atardecer fulminante se reflejaba en ellos. - ...Como una Kinain. se debe a mi sangre feérica, papá, ya lo sé.- completó la frase Marlene. -También me alegro de compartir el ensueño con ustedes. Papá, ¿porqué no me dices lo que te preocupa?. Fargo le pegó una larga calada al cigarro y retuvo el humo unos instantes. Cuando lo exhaló, el humo le dio un aire lúgubre. Comenzó a pensar viendo las formas del humo. De repente miro a su hija. Esta lo observaba como un niño que ha roto un florero y espera a que lo reprendan. - ¿Te molesta que fume? - ¿Si me molestara dejarías de fumar?. –enarco una ceja, suspicaz. - Mhhh... No. ¿Te molesta que fume? - Me acostumbre con los años, no, no me molesta. –se posó sobre la mesa y le sostuvo la mirada, pero Fargo la esquivaba.- Papá, por ultima vez, ¿que te pasa?. Has cambiado de forma de nuevo.- contemplaba al gigante azul frente a ella, pero ahora con más seguridad- ¿no será que te invadió la añoranza?, no eres tan viejo. - Marlene, quería aprovechar que tu madre no esta, ella no quería decirte, no aún, para contarte... – se remojó los labios y aspiró nervioso del cigarro que sostenía en dos enormes dedos inseguros.- Mira, el invierno se acerca, y yo no sé lo que va a pasar. Mira, la Nueva Orden... –su voz casi no se oía. - ¿Flexius y Elsbeth?¿que pasa con ellos? - Hablé con Flexius y me dijo..Eh... - ¿Papá?¿qué te dijo, qué pasa?. –la joven asiática comenzó a impacientarse, jugando con el borde de su falda del colegio. - Nada mi amor, nada. Haz tu tarea, no te a estado yendo muy bien. Hablé con tu profesora y ...- su voz se fue apagando hasta que solo fue un susurro. El largo pelo negro le cayó sobre la cara cuando bajó la vista. Levantó rápidamente una mano tiritona y se llevó el cigarro a la boca. La adolescente le iba a decir algo, lo quería asaltar con más preguntas, quería saber lo que realmente estaba pasando, tenía derecho a saberlo, pero se detuvo en seco cuando Fargo se levantó de la mesa y se dirigió a la puerta de salida lo más rápido que pudo. Marlene alcanzó a notar las lagrimas que caían por las mejillas del Troll. Marlene lo vio salir a la calle y luego se quedó en silencio en la mesa, mirando el sucio cenicero. Su madre había salido a comprar café y había aprovechado de pasear a Bob y a Eddie, todavía no se hacía tarde y la conversación con su padre la había dejado muy preocupada. Comenzó a recorrer el departamento tratando de recordar la dirección en autobús de Flexius y Elsbeth, pero de repente palideció. “no, no puede ser eso” pensó. Las puertas se abrieron de golpe en el pasillo. - ¡Hola!, ¿hay alguien?.- Quincent se quitó la chaqueta y la dejó sobre la estufa. Comenzó a sacarse las viejas zapatillas cuando Marlene salió a saludarlo. - Oh, hola Marly. ¿cómo estás?¿dónde está tu papá?.- Quincent calló de repente y se quedo de pie mirándola a los ojos.-.¿qué pasa nena? Algo te preocupa, lo leo en tus ojos. No le mientas a un perro viejo. - Es papá, creo que le fastidio...- los ojos se le comenzaron a poner vidriosos, pero no cambió de expresión. Era una chica fuerte. - ¿Fastidiarlo?¿a ese viejo Troll?, que vas a fastidiarlo, niña, si el bruto ese te quiere más que a nada en este mundo.- el Hombre le dedicó una sincera sonrisa y comenzó a menear el rabo. Marlene seguía inmóvil. Quincent le pasó el brazo por el hombro y comenzó a sonreír.- ¿cuánto tiempo desde aquella vez en la colina?, con Aras Fellwind, antes de Lady Eilun, Salve. Dieciséis casi... dios, haz crecido mucho.- Quincent volvió a sonreír, pero Marlene pareció ignorarlo. Quincent comenzó a preocuparse en serio.- oye chica, en serio estas grande, ¿quién te dio permiso para crecer tanto?, si sigues así la falda no te tapará ni los calzones... - ¡Quince!. No digas esas cosas.- la chica rió un poco y luego se sonrojó. Una sonrisa se dibujo en su cara, pero todavía parecía distraída, mirando el vacío. - ¡Te pusiste colorada!. ahora sígueme contando, algo te debió meter esa idea estúpida en la cabeza.- se sacó la cajetilla del bolsillo trasero y le ofreció uno a la joven,. Cuando se lo prendió, la observo fumárselo distraída. Era verdad cuando le dijo que había crecido mucho, ya tenía más de quince. Se volvía más bella con cada año que pasaba. Había sacado los rasgos y la belleza de su madre, y la altura y testadurez del padre, junto a el nombre francés. “tuvo suerte” pensó.- ¿qué pasó ahora, Marlene?, puedes confiar en mí, no importa lo que te digan de los de nuestro linaje... Quincent se calló y la observó, ya no preocupado, si no más bien desconcertado. El humo la envolvía como en un sueño, la negra melena le caía sobre los ojos en una expresión que recordaba a su padre, y mientras sonreía dos lagrimas le adornaban el rostro. - ...Quincent, me siento sola.- lo miró buscando apoyo.- Yo sé que mi padre me ama, y mi madre también. Todos me aman, pero yo no soy como ustedes. Yo no soy un hada, Quincent, ni siquiera soy humana. Cuando era mas pequeña, los niños del Feudo me trataban como a una sucia, una Mundana. Me decían que traía el otoño.- mientras hablaba, trató de reír restándole importancia al asunto, pero le sonó más bien como un gimoteo. - Marlene, no tenía idea... - Quincent, hace poco me gustaba un chico. Me había logrado hacer amiga de un grupo que no me consideraba una freackie, y salimos juntos al centro comercial. Creí que no habría problemas, que sería un lugar banal... pero estaba lleno de quimeras. No me daba cuenta de que me detenía a mirar cosas que no estaban allí, que hablaba sola y me maravillaba viendo el vacío. No me sorprendió que se fueran sin mí... pero creo que ahora el hecho de que no sea un hada esta jodiendo a papá, y eso no lo quiero, no lo quiero de él ni de nadie, Quincent...por favor, no me abandones tu también... Quincent se quedó mudo. Había tratado de romper sus barreras para saber lo que realmente le afectaba, y ahora se tenía que enfrentar al hecho de que había echado abajo todas sus defensas, tenía el alma desnuda y lo había hecho responsable a él, y no sabía que hacer. No había ya una palabra conciliadora, una sonrisa mágica o un abrazo cálido y sincero, ahora se exigía una solución real, y él no podía darla. Cualquiera podría haberse intimidado con tanta responsabilidad y haber dicho no, pero sabía que no podría dejar a la nena así. La muchachita necesitaba ayuda, y no veía porqué no podía ser él quien se la brindara. - Niña, debe haber pasado algo, tu padre no es como esos extras del feudo y tu colegio, te digo que debe haber pasado algo. No te preocupes, vamos a averiguarlo. - Gracias.- la joven le dedicó una sonrisa.- te quiero mucho, ¿lo sabías? - Y tu te pareces mucho a tu padre, ¿te lo han dicho?.- Quince se relajó. - Me han dicho que me parezco a mi madre.- Marlene parecía haberse calmado ya.- en lo ojos más que nada, aunque puede que tenga la estructura ósea de mi padre, como decía la señora Kristeva. Dicen que tengo un cuerpo atlético. Creo que es una forma de decir que soy plana... –La chica rió, y se pasó un dedo por los rasgados ojos rojos. - Esa es la Marlene que me gusta... y no eres plana. Ven, te voy a dar otro cigarro. Por cierto, ¿desde cuando fumas? - Desde hoy. Mi padre siempre está tratando de hacer que fume... - Es un bruto... - No, creo que lo hace porque quiere compartir conmigo. Me parece tierno. - Es una brutalidad... - Creo que nos imaginó fumando en el balcón, o bebiendo cerveza, o haciendo esas cosas que hacen ustedes todo el día, es como bonito. Bueno, yo tengo un concepto diferente de lo que me parece lindo. - O sea, te criaron junto a esas monstruosidades de zombis.- sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. - ¡no les digas así!, no son una monstruosidad... bueno, quizás. Pero cuando chica jugaban conmigo y me cuidaban de noche, para que no tuviera miedo...- se miraron y recordaron a los guerreros vikingos de Hito. No pudieron evitar una risita cómplice al recordar las caras de desconcierto de Fargo cuando la ayudaban a cocinar o cuando hacían el aseo.- son muy buenos, sobre todo con mamá. La ayudan a hacer casi todo. El papá también, pero a veces rompe las cosas y se le quema la comida... - se le quema el arroz. - ¡No! - Como sea. Oye, ¿porqué todavía llevas el uniforme del cole? - Me queda muy mono... - Oh... Esperaba una respuesta algo más seria, reveladora. Una pista de lo sucedido... - No, mentira. Cuando llegué, me estaba tomando un café cuando el papá dijo que quería hablar conmigo...- Marlene hizo una pausa y volvió a perderse en sus propios pensamientos. Recordó la conversación con Fargo casi una hora antes. ¿que le había pasado? - Marly, ¿qué pasa?.- Quincent tuvo miedo de que llorara de nuevo. - Es que... papá estuvo hablando hoy, del invierno digo, y se veía preocupado. Nunca habla de eso, pero ahora mencionaba mucho el hecho de que yo fuera humana. Parecía dolerle tanto.- La chica suspiró. Esperó unos segundos y luego miró a Quince esperando dar por finalizada la conversación. Él la observaba serio a través de las gafas. - Eso no es todo.- Quincent le tomo el rostro entre las manos y la obligó a sostenerle la mirada, pero ella lo esquivaba.- Marlene, ¿qué más pasó, que más dijo? Se escuchó un fuerte portazo y la voz de Hitomi que gritaba saludando. Se oyeron varios pasos y la puerta se cerró de golpe. - Quince, ¿hay alguien más contigo?. Solo veo tu chaqueta en la estufa, ¿dónde esta Fargo?, ¿está mi niña? - Si, mamá.- gritó Marlene.- Papá salió hace como una hora. No sé dónde esta, llama a Flexius o a Elsbeth. - Hola Hito, ya te respondió tu hija. - Oigan, ayuden al parcito a subir las bolsas, aproveché de pasar al mini súper. Hola mi amor.- La Boggan apareció por el umbral del pasillo y besó a su hija, luego saludo al hombre coyote.- hola Quince, ¿cómo te fue? - Como el forro, no hay pega no más.- sus orejas se doblaron. - Entonces ayuda a Bob con la verdura, que te hecha de menos.- Hito lo miró esperando la respuesta a la señal, y Quincent comprendió. Le dio unas palmaditas en el hombro a Marlene y dejó el espacio libre en el sillón. - Bueno, voy a ayudar a tus monstruos domésticos. Chau. Cuando Quince salió por el borde del umbral, se escucharon los sonidos guturales que provenían de la entrada. Hito se alisó el kimono y se sentó al lado de su hija. Permanecieron calladas un momento, escuchando la pelea entre Quince y los guerreros quiméricos a causa de lo que le tocaba cargar a cada uno. Marlene era mucho más alta que Hito, pero se parecían mucho. Sus ojos rasgados eran idénticos. - mi amor, te ves triste, ¿qué ocurre? - Nada mamá, ¿porqué dices eso? Hito le dirigió una mirada acusadora a la mano donde sostenía el cigarro. Marlene le devolvió la mirada con una sonrisa. Le ofreció un poco. - no, gracias hija. Pero no harías mal en explicarme porqué. - Bueno, papá siempre intenta hacer que fume, supongo que ganó, ¿no?- mintió rápido. - No sabes mentir, no a una Boggan por lo menos. Pero sé que no me lo vas a decir, así que por lo menos dime si ya estás bien. La joven la miró un segundo, y luego bajo la vista. Mientras el cigarro se le consumía en la mano, asintió con la cabeza. - Preciosa, ya sabes que si me necesitas, siempre voy a estar aquí, ¿comprendes? - Mamá...- articuló Marlene mirando la punta de sus pies descalzos. - ¿sí, Marly? - ¿cómo sería si yo fuera un hada?¿si de repente sufriera una crisálida?.- giró el rostro y la miró, casi suplicando la respuesta que esperaba. - ¿porqué me preguntas eso?. Mi amor, ¿qué pasa? Marlene suspiró, y cuando fue a fumar se dio cuenta de que el cigarro se le había consumido y las cenizas habían caído sobre su uniforme. - no, por nada. Voy a cambiarme de ropa. - Marlene, espera...- pero la muchacha ya cruzaba el umbral del living. Hito se quedó sola en el sillón. La miró un rato, pensando en seguirla, pero comenzó a sacudir distraídamente las cenizas del sillón. Unas cadavéricas manos comenzaron a ayudarla. – Gracias Eddie, puedes irte a descansar. Ya voy a preparar la once. ¿te gustan los completos con cerveza?. Eddie asintió con un “grooar” de satisfacción. Ya comenzaba a oscurecer y Fargo recorría distraídamente las escasamente iluminadas calles de Monteverde. Cuando habló con Flexius y Elsbeth, Guildenstern se ofreció a acompañarlo a casa, pero necesitaba hablar a solas con su hija. Hito se había enterado mucho antes que él, y no le había dicho nada. Guildenstern era tan amigo como él de Quincent y ninguno se decidió a contarle. “están siendo desleales con las personas que confían en ellos” pensó, “deberíamos haberlo discutido en grupo desde un principio, ni siquiera sé si Quince ya lo sabe”. Debería encararlos, tendría que ir al otro lado del río y encararlos a todos juntos, exigirles respuestas concretas, a Hito también. Un par de gotas comenzaron a caerle en el rostro, y se deslizaron suicidas por la cazadora de cuero. “coño, yo que quería fumar”. Comenzó a caminar por el centro de la calle solitaria durante casi una hora, caminando bajo los techos de las casas, intentando varias veces de prender un cigarro, pero cada vez que lo lograba, el agua de las canaletas salpicaba su mano y le liaba el cigarro. Así anduvo hasta que llegó al fin de la zona departamental de Monteverde. Perpendicular a él, la gran avenida que iba paralela al río. Cruzándola, se veían los puentes iluminados que le daban una vía a los pocos autos que iban o venían del centro de la ciudad. Poco a poco, el gigante azul se detuvo antes de llegar a la iluminada avenida. La noche era ya cerrada, haciéndose temprano la hora mágica. “¿qué haces acá” se preguntó, “¿crees que ibas a poder llegar pateando puertas y armándote del valor para enfrentarte a todos ellos?. Estás imbécil.”. Cuando llegó al semáforo, comprendió que no lo haría. Eran sus amigos, pero no tenía el coraje de discutir con ellos. “pero tengo que llegar allá, no arrojé la espada porque sí”. Podía confiar en ellos, pero no estaba seguro de poder confiar en él mismo. Desde que pasó a ser Jack, las cosas pasaron a ser más claras, pero no más simples. Desde aquella vez en la colina habían forjado una confianza y una amistad real y sincera, pero en el fondo había crecido bajo la protección de la Nueva Orden. Ellos lo habían escudado en el tiempo que ningún hada podía sobrevivir sin apoyo, y habían derramado su sangre por él, rescatándolo de él mismo. Ya no era un niño, y en su juventud no dudó de blandir la espada más alto que la multitud, pero esto era más complicado. Fargo se recostó en un muro frente a la avenida tratando de calmar sus miedos. Junto a él se comenzaron a levantar las persianas metálicas de un bar. “excelente” pensó, “me ayudará a aclarar las ideas”. Se acarició la barba. No, ya no era un niño. Se escucharon otro par de golpes en la puerta y unas orejas de conejo, una blanca y otra negra, se levantaron de entre el amasijo de sábanas. La pieza se encontraba a oscuras, a excepción de la escasa luz que entraba por la ventana abierta. Otro par de golpes, más despacio que los anteriores, se escucharon a través de la puerta abierta. - Flex, amor. Tocan.- Las orejas se revolvieron un poco y luego surgió la somnolienta cabeza de Flexius. Destapó las frazadas y dejó al descubierto a Lady Elsbeth, Que se recogió para protegerse del frío. Se veía hermosa.- ve a ver quien es y sube las frazadas. Es una orden.- Flexius sonrió, todavía medio dormido. - Claro nena, me encanta que me trates así. Se levantó de forma lenta y cansada. Llamaron de nuevo. La observó por un momento. Realmente se veía hermosa. “no”, se corrigió, “es hermosa”. Casi rubio, el cabello le caía sobre la blanca piel. Las largas orejas puntiagudas solo eran un detalle, aún más fino. Pero era lo que sólo él conocía lo que amaba, no su incomparable belleza. Un cuerpo tan delicado con un espíritu tan implacable, tan noble. “como cualquier noble Sidhe”. Sonrió, “más que ningún Noble Sidhe”. Tomó el largo abrigo lleno de correas sin sentido que le daban aspecto de una larga y negra camisa de fuerza, y se cubrió con él. Comenzó a cruzar los pasillos mientras palpaba el revolver quimérico en el bolsillo cuándo se volvieron a escuchar los golpes. “si es Guildenstern, le quiebro el cuello”. Prendió las luces y, de golpe, abrió la puerta. - Guildenstern... hijo de puta- el hombre, anguloso, narigón, y blanco como un mimo tenía dos rayas negras parecidas a la de los tejones que le marcaban las mejillas. intentó esbozar una sonrisa. - Hum, hola Flexius. Que bueno que no estás acostado.- el largo pelo negro ondulado le tapaba la mayor parte de la cabeza, dejando al descubierto solo unas orejas redondas en la mollera. - ...Guildenstern... hijo de puta...- Flexius le dirigió “la mirada”. - Ehh... no estabas acostado todavía. ¿cierto? - Dame una sola razón para no volarte la cara.- se hurgó la nariz, esperando la respuesta. - Porque eres mi amigo y te quiero mucho. - No, en serio. - Estoy preocupado.- Guildenstern miró por encima del hombro del dueño de casa, hacía el living.- ¿puedo pasar? - No... No, mentira, pasa.- Flexius caminó hasta una mesita y dejó el revolver. Guildenstern, que caminaba sigilosamente tras él, lo miró curioso. - Guau, de verdad tenías el arma. ¿ibas a utilizarla? - Si era alguien que no quería encontrarme, le habría volado el relleno de la cabeza.- Flexius Sonrió. - ¿soy alguien que no quieres encontrarte?.- Guildenstern comenzó a acomodarse en un mullido sillón. - De momento no. – Flexius sonrió aún más, degustando la impresión que causaba su arma. Tenía algo que ver con un conflicto fálico, le habían dicho una vez, pero no prestó atención. - ¿qué te pasa tejón? Cuéntale al conejo. - Es Fargo... también Quince y Briattof, pero más que nada Fargo. Guildenstern dejó de hablar y miró las piernas de Flexius. Solo llevaba un calzoncillo bajo la chaqueta, y las largas y peludas piernas le sobresalían. - Oh, mierda. ¿te interrumpí?. O sea, tu y Elsbeth estaban, ya sabes... conversando y todo eso. - ¿todo eso?...- Flexius lo miró inocente. Repasó la frase hasta que comprendió. - ¿tu te refieres a que hubiéramos estado teniendo relaciones?. No, no te preocupes, estaba durmiendo. Yo también duermo, ¿sabes?. La mayoría de las personas duermen cuando mañana tienen que trabajar... perra. - Oh, es que vi la luz prendida y creí que todavía no se acostaban. - ¿Luz prendida?¿que luz prendida, saco wea? - Esa. – Guildenstern señalo la cocina. La luz estaba prendida. - Me odio... - ¿qué? - QUE ME ODIO... – las orejas le cayeron en la cara, señal inequívoca de que podía estar deprimido / enojado / triste / inconsciente / borracho / Misceláneo. – bueno, no viniste a despertarme y a echarme en cara mi descuido en el ahorro de energía eléctrica de mi casa, ¿no? - No, vine a ver si estabas teniendo rela... – “la mirada” lo contuvo de terminar la frase. “lastima” pensó, “habría sido gracioso”.- vine a preguntarte algo, con respecto a Fargo. - ¿Que le pasa?. - Tu lo conoces tan bien como yo. Me preocupa cómo reaccione frente a lo que le contaste. Flexius tomó aire y suspiró lentamente, reflexionando lo que diría a continuación. El aire burlón se esfumó de la sala, reemplazado por las miradas serias. - Guildenstern, yo sé que eres su amigo. Todos somos amigos, todos estuvimos en la colina ese día. Guildenstern, ESTOY esperando que Fargo haga algo.- cruzó las piernas bajo el abrigo, posando la cara entre sus manos. Esto iba para largo.- No sé que es lo que va hacer, pero no se va a quedar de brazos cruzados. Todos van a reaccionar de una manera, incluso tú... incluso yo. Mira, esto era solo un rumor, ¿entiendes?, uno grande. - Flexius, ¿estás experimentando con nosotros?.- Guildenstern le dirigió su propia versión de “la mirada”. - ¡NO!. No, no podría. Cómo explicarte... quería confirmarlo antes de poneros al corriente. Lenox llamó, va a venir desde San Francisco, dejando a otro encargado de su clínica. El rumor que da vueltas en los labios de la Subgente de las grandes cortes. - ¿cómo supo Lenny? - No te lo diré, lo siento. El punto es que la solución, este rumor... es el famoso Paso. A ver, mira. El invierno se acerca, y no sabemos que hacer, algunos creen que podría ser peor que los principios de la Ruptura. La muerte absoluta. Llega Lenox y nos da este posible salvoconducto. Ninguno de los tres supimos que hacer, si mantenerlo en secreto por un tiempo, para planificar que hacer a futuro o contarlo a todos para decidirlo en grupo.- se acarició la barbilla mientras recordaba lo sucedido.- no nos habíamos dado cuenta de que este es el principio del fin. Cuando terminamos de discutir, le tomamos el peso al asunto, y nos sobrecogimos de miedo.- gesticulaba, hablando alto, como disculpándose.- fue darnos cuenta de golpe que todo se estaba acabando. Guildenstern, nadie lo a hecho todavía. El miedo nos hace reaccionar a todos de manera distinta, a ti también te afectara cuando caigas en cuenta de mis palabras. Fargo solo lo hará como es común en él, es obvio que esté esperando a que haga algo.- suspiró. Guildenstern demoró un momento en responder. - Bueno, tienes razón, pero lo estás tratando como un niño, Flexius. Fargo es un adulto, tiene treinta y cuatro años, una hija y está casado. Está hediondito y peludito. - No es eso, no me entendiste. Mira, si fuera un niño, lo tomaríamos y lo llevaríamos con nosotros. No, no es eso. Lo que yo quiero decir es que esto es algo muy grande que se nos escapa de las manos a todos. ¡deja de tomarlo como un jodido juego!.- Flexius gritó, y Guildenstern, nervioso por naturaleza, pegó un brinco. Flex realmente estaba alterado.- no me refiero sólo a Fargo, hablo de todos. A Hito ya le afectó, a nosotros también.- se calmó un poco, pero siguió gesticulando al hablar.- Yo era partidario de informarnos más antes de soltar la pepa, pero Hito estaba presente cuando llegó Lenox, y comprendimos que finalmente lo sabrían. ¡no pueden culparnos, no sabíamos que nos veríamos tan afectados! Ahora confió en que tomemos las decisiones adecuadas, y que nadie pierda el control... Fargo, por ejemplo. Siempre esta al borde de caer en su legado oscuro, y yo sé perfectamente cómo es eso. - ¿y qué pasará con el resto? - Ahí entras tú.- la voz, femenina y firme, manejaba una gran autoridad. Voltearon y vieron doblar por el pasillo hacía ellos a Lady Elsbeth, sobre el encaje, una fina capa de seda quimérica blanca, casi transparente. En la oscuridad del pasillo daba cuenta de toda su majestuosidad, refulgiendo con la luz de la luna atrapada en ella, nacida de los sueños de ellos dos. - ¿Que quieres decir con eso?.- Guildenstern comprendió que un peso se cernía sobre el, la responsabilidad de algo desconocido le produjo escalofríos que le recorrieron el espinazo. - Guildenstern, presta mucha atención... - ¡Briattof!.- el Troll se giró y distinguió la inconfundible silueta de Nadia, corriendo tras él por el desolado sendero a Stratholme. - ¡Nadia!, ¿qué pasa mi amor?.- Los faroles del sendero al feudo la iluminaban de manera entrecortada. Llevaba un peto deportivo, y la lluvia le caía sobre la piel desnuda.- Creí que dormirías hoy en el feudo... - Por favor Britt, no te vayas.- Briattof se detuvo hasta que Nadia le dio alcance. Pensó en decir algo, pero la Pooka se arrimó a su pecho. Permanecieron así por un par de minutos, a pesar del viento que se colaba frío por el bosque. - ...Nadia...- Britt quedó perplejo ante la situación, y por un instante, no supo cómo reaccionar. - Britt, no te vayas sin mí...– levantó la mirada hasta dar con la del Troll, que la miraba con muda ternura.- Me vas a creer estúpida... - Jamás te consideraría estúpida, Nadia. - Es que tengo miedo.- la ardilla le esquivó la mirada, avergonzada.- ¡tú sabes que no soy una cobarde, yo estuve ahí, yo pelee!...- volvió a esconder su cara en el pecho del gigante azul.- Pero esto es diferente. Tú también debes sentirlo, es el invierno. Hay tanta soledad en todas partes, hace tanto frío. No es la lluvia, es la gente.- el gigante azul le tomó la cara con las manos, y la miró con sus hermosos ojos de hielo. La mujer le tomó la cara entre sus manos también.- por favor, dime que tu también lo sientes...- la Pooka tiritaba en la lluvia. - Por supuesto, todos nos sentimos igual. - Soy débil, parezco una colegiala en vez de una adulta.- sonrió tristemente.- no puedo evitarlo, cuando rebelde fue todo tan horrible... Nadia se separó del sobrecogido Briattof y se refugió en las sombras del sendero. Él la miró unos instantes, se entumecía viendo caer la lluvia. Fue por detrás, y le pasó los brazos por los hombros. Ella seguía muda. Era verdad, la soledad se sentía en el aire, y cortaba como un cuchillo. - Britt, tengo miedo... - Nadia... yo también tengo miedo.- Ella lo miró con ternura y el sonrió de manera confortable y conciliadora.- pero me gusta hacerme el chico valiente. - Briattof... - Saldremos juntos, no sé cómo, pero lo haremos. Sobreviviremos venciendo el miedo, te lo juro.- el dolor de la soledad menguó. El filo del invierno los pasó de largo, por el momento. Lenta y de forma sutil, como la primera vez, se besaron bajo los faroles de la senda. Pudo sentir el entumecimiento en los dedos al pasarlos por su piel. sus hombros, su cintura, su cara. Pasó quizás un minuto, cinco o una hora, pero finalmente Briattof se quitó la chaqueta deportiva comenzó a colocársela a la Pooka. Podría haberlo hecho antes, pero eran años juntos, sabía que sería en vano. - Britt, ¿y si te dijera que no tengo frío?.- el Troll siguió sin inmutarse - Sabría que mientes. - ¿y si te dijera que no quiero tu chaqueta? - Insistiría hasta que aceptaras...- la Pooka ardilla sonrió, feliz. - Así da gusto resfriarse, ¿no? - Lenox vendrá en un par de días.- Lady Elsbeth hablaba con una voz dulce, pero firme. Una bata le cubría el fino encaje, la ropa de dormir. Flexius y Guildenstern la observaban sentados cómodamente, pero ella se encontraba de pie para llamar su atención.- traerá noticias frescas sobre el “Paso de Invierno”, si es que realmente existe.- Flexius repentinamente creo una forma de luz que comenzó a danzar en la punta de sus dedos. - Se quedará en nuestra casa durante su estadía en Monteverde.- giró la mirada a Guildenstern. La figura cambió de color, de un verde suave a un azul fuego.- será hora de que les cuentes a todos. Quince, Briattof, Nadia, Faulkner... a quien quieras salvar.... - Pero hay un pero...- el hombre tejon lo miraba a los ojos, ignorando la llama azul que se sostenía en su dedo índice. - ... pero deben ser pocos.- Lady Elsbeth terminó la frase cerrando el puño sobre la llama verdosa. Cuando la abrió esta había desaparecido. Los dos lo miraban expectante. El hombre tejon se sentía molesto, y lo hacía notorio. La sala se mantuvo en silencio unos instantes. La lluvia había comenzado a dar más fuerte contra la ventana. Les contuvo la mirada. - ...No...- Abrió su mano y apareció una esfera del mismo color, pero mucho más intenso, mucho más vivo.- debe haber otra manera... - Guilden...- Comenzó Flexius. Lady Elsbeth posó a mano sobre su hombro.- No comprendes nada. Nosotros no lo decidimos así.- se recostó en el sillón y extendió una mano. La esfera comenzó a hacerse pequeña. Guildenstern colocó las dos manos alrededor de esta, haciéndola cambiar de color, de verde a rojo mientras intentaba evitar que desapareciera, pero esta siguió haciéndose pequeña hasta que desapareció. Le dirigió una mirada furiosa a Flexius, pero este observaba desolado el suelo con la cara entre las manos. La voz de Lady Elsbeth resonó en la sala, comprensiva pero dura. - Guildenstern, nosotros no hicimos las reglas. Traté de enseñarte la Gremayre, pero la desdeñaste.- suspiró con lastima y se sentó al lado de Flexius. Este seguía mudo.- nosotros solo intentamos que nuestros amigos sobrevivan el Invierno. ¡No puedes culparnos por eso, hacemos lo que está a nuestro alcance!.- pasó la mano frente a la suya, y una pequeña, minúscula llama azulosa iluminó la mano del Pooka Gruñón.- trata de hacer los mismo....- el Tejon quedó completamente mudo mientras miraba la llamita danzarina. Sintió el peso de las palabras y una lagrima cayó por su blanca cara, surcando las marcas negras de sus ojos y mejillas. Flexius no se movía. Guildenstern contuvo la respiración y la llama se extinguió iluminando durante segundos la sala con una luz octarina. Tomó la palabra, luchando para hacer salir cada palabra. - Flex, ¿qué pasará con tus amigos, Los Sombras de Hielo?.- la pregunta fue como un dardo que atravesó la conciencia del hada destrozada. Pasaron interminables segundos, donde nadie hizo nada esperando una reacción del cansado hombre. De repente, aún cabizbajo, Flexius comenzó a hablar. Cada palabra parecía horadarle el alma misma. - Ellos se quedarán acá. Ellos... ellos prefieren morir sin abandonar la lucha.- sus manos temblaban con cada palabra. - ¡Flexius!.- Elsbeth le tomó la cara entre sus manos, y posó sus ojos en los de él. Los dos pudieron ver que las lentes de contacto se habían desprendido, y que de sus ojos violetas caían lagrimas de un brillo y carácter puramente feérico. Corrían por su cara, sus mejillas, y se convertían en cristal para quebrarse en el suelo. - ¡Pero yo no puedo, debo encargarme de ustedes!¡no puedo dejar que sufran el mismo destino! si el invierno los matara, destrozaría las puertas de Arcadia para grabar sus nombres en los tronos de los Tuatha De Danann.- hablaba con los dientes apretados, con rabia y miedo. Las palabras salían a tropezones de su boca- ¡haré lo imposible por que estén a salvo!. Guildenstern, Elsbeth es la única razón por la que no he desaparecido, si ella muriera en el Frío... - ...amor...- Elsbeth le tomó el rostro, acercando el suyo. Flex tiritaba de frío. Se derrumbó sobre Elsbeth, y termino de quebrarse. Guildenstern jamás había visto así a Flexius, y esperaba nunca hacerlo. Siempre era él quien les daba fuerzas, y ahora comprendía lo grave de la situación, la forma en que había estado forzando la nota hasta el momento, haciendo caso omiso del esfuerzo de todos por dejarle salvar algo... Del sacrificio. Observó un momento la escena, completamente desconcertado, hasta que Elsbeth lo miró, y con un gesto de la mano, le pidió que se fuera. Se levantó y cruzó rápido la sala, cerró la puerta principal y se sentó en el borde de la escalinata, donde la lluvia no le alcanzase. Pensó en todo lo sucedido y busco un cigarro, pero sintió algo extraño en el bolsillo. Lo sacó y se fascinó ante la llamita azul que sostenía en la mano. La casa se encontraba a oscuras, y hace unas horas que todos se habían ido a dormir. El que reinaba era un silencio pesado, roto solo por el golpe de las celosías contra las ventanas, empujadas por el viento, y el repiqueteo de la lluvia contra el vidrio. Entre la densa oscuridad, Quince acechaba con el objetivo de la cocina y los restos de la once. Un paso en falso y el crujido de las tablas le erizó los pelos de la espalda. Era un coyote. Un animal carroñero, no un sigiloso cazador innato. Las características que había heredado eran las orejas, el rabo, el resentimiento social y las pulgas. Su afición a lo que la gente dejaba después de comer le vino de años en la carretera. Se lamentó y rezó por no despertar a nadie, pero una luz se encendió en la cocina. Quince siguió el rumbo. - Hum, eh... hola.- Susurró.- ¿quién es? Si es un asaltante, debo advertirle que se Jiu jitsu.- se ajustó los lentes e intentó recordar la pronunciación.- Ju-Jitsu, Ju Jutsu... como sea, puedo matarle siete veces antes que se de cuenta. - Dios, Quince. Deja de decir estupideces. No sabes ningún arte marcial.- a través de la puerta abierta, la voz de Hitomi se pudo oír clara y perfectamente modulada, en un inglés perfecto, pero preocupada. Quince sabía de ese tipo de cosas. podía leer a la gente en cosas como la forma de hablar, los gestos y los ojos. Los ojos son lo mas importante.- ven, pasa. Trata de no despertar a nadie, mañana tiene clases, ¿sabías? La fría luz eléctrica se derramaba por la puerta al resto de la casa. Quince asomó la cabeza con cautela, como si le fuera a llegar un peñascazo. De espaldas a él, la mujer se encontraba sentada frente a un mueble de cocina. Sobre él se encontraban el teléfono, la taza favorita de Jack, todavía con un poco de café que se enfriaba sin prisa, y un viejo cenicero de metal. Era un regalo que le habían hecho a Fargo cuando ella se vino a vivir con él. “para después de” les dijeron en broma. Ahora estaba oxidado, lleno de colillas. Hito no sé volvió cuando Quincent se situó tras ella. - Es Fargo, ¿no?. Te preocupa.- no era una pregunta, era una afirmación. Hablaba rígido, de pie tras la silla. - Hace años que no sucedía.- respondió, como hablando sola.- ya es un Barbagris. Cuando arrojó la espada, y sus ojos volvieron a la vida, comenzó un nuevo camino. Es por culpa del Paso...- lo dijo con rabia contenida.- ... está sacando lo peor de nosotros, despierta nuestros miedos y atrae al pasado. Con razón lo tenían en secreto.- hablaba mirando la muralla, sin prestarle atención. - ¿Qué “Paso”?.- Quince se acuclilló a un lado de ella. La lluvia caía por la canaleta rota frente a la ventana, y la celosía abierta le azotaba, empujada por el viento. La mujer tenía el maquillaje de los ojos corrido, y una vista severa fija en el vacío.- Hito, ¿que Paso?, mencionaste un Paso, te oí. El frío se colaba por los conductos de aire. La escena permaneció quieta durante un minuto casi, a excepción de las gotas que corrían por el vidrio. Finalmente Hito tomó la palabra, en un tono completamente diferente. - Bueno Quince, viniste por algo.- se puso de pie rápidamente, y se paso la mano por los ojos sin mirar a Quincent. El la contemplaba fijamente, aún acuclillado al lado de la mesita. Ella sonreía sin verlo, mientras abría la puerta del refrigerador. Siguió hablando en tono alegre.- esa tonta manía de comerse los restos de la once fríos... te pongo el pan y la salchicha en el microondas y te pelo un tomate.- le temblaba la voz, Quince esperó el quiebre. - Hito, por favor...- su amiga lo ignoró y siguió escarbando en el refrigerador. De repente se detuvo, y Quincent escuchó el llanto contenido. - Quince... vete por favor. Olvida el paso, olvida el almuerzo, olvida que estoy aquí... tan solo... olvida, ¿bien?.- Hitomi se incorporó lentamente y observó al viejo Pooka. Le corrían lagrimas por los ojillos, pero su cara permanecía firme. No era una suplica, era una orden. Quincent, que se mantenía firme, se sacó los anteojos y comenzó a limpiarlos con la camisa. - Hito... dime que quieres que me vaya.- la miró sin expresión a los ojos, y ella le devolvió la mirada, dolida y hosca.- dime que quieres que te deje sola, que te guardes la mierda que te esta matando, que olvide y que salgas sin ninguna ayuda, a costa de ti misma. Dímelo, pero con sinceridad. No mientas con tu tono, no me mientas al mirarme así. Porque al hacerlo te delatas. Ella lo miró con algo similar al odio y se mordió el labio inferior, pero de pronto bajó la cabeza y lo abrazó. Comenzó a llorar en su pecho mientras le decía con la voz quebrada: - perdóname Quince, perdóname. –el llanto ahogado en su pecho lo estremecía. No... no sé, siempre preocupándome, siempre... cediendo.- lo miró, y el se dio cuenta. Hay pocas cosas peores que ver una mujer llorar, y una de esas cosas es ver una hada llorar.- estoy cansada Quince, no quiero caer por todo el peso de los que ya cayeron. ¿es que nadie se da cuenta? Mierda. Fargo es otro más de los que ya son muchos. - Pero Hito...- Quincent la tomaba con cuidado y firmeza por los hombros, desconcertado, mientras Hitomi se deshacía en lamentos y consternaciones. Ella tenía razón, siempre sufría por el resto, no era justo. Nada era justo, ¿lo había sido en algún momento?.-... Hito. La Boggan lo soltó y el hizo lo mismo. Se miraron un momento, y suspiró. Llevaba una bata de dormir, y comenzaba a tener frío y sueño. Era inútil, Quincent no tenía la culpa. Observó la cocina, el estuco en las paredes, las baldosas blancas y la lluvia que parecía querer inundar el mundo a través de la ventana, y como las luces trataban fútil, estoicamente, de iluminar los callejones mojados donde los cadáveres de los sueños de los últimos desaparecían al compás del repiqueteo de las gotas en la acera. Era el réquiem de la tierra por los duendes que morían exiliados en un mundo que no era el suyo. Tuvo ganas de volver a llorar, pero ya había sido suficiente. Quince la miraba, ajeno a sus pensamientos pero no a su dolor, de gala a su propio entierro con una chaqueta de mezclilla y una boina con visera, se tragó la impotencia de la incertidumbre. Hitomi lo miró por ultima vez, con sus rasgados ojos ya fríos como más allá de la ventana. - Con respecto al paso... No jodas. No seré yo quien cargue más muertos ahora, ya sabes con quien hablar. Buenas noches Quince, gracias por todo.- y volvió a sentarse en la mesilla donde Quincent la encontró. Quincent cruzó el oscuro pasillo a tientas, pero antes de entrar a su pieza, donde su quimera roncaba sobre el escritorio, se limpió las lentes con aire pensativo, hasta que se decidió a cambiar el rumbo. Se paro frente a la puerta y toco, lo suficientemente fuerte para que se oyera solo en la habitación. No hubo respuesta. - Marlene –Quince no logró ver a través de las sombras- sé que estuviste escuchando, no te hagas la dormida... tenemos que hablar. Se acerco a tientas en la oscuridad y se sentó al borde de la cama, casi sin iluminar por los faroles a través de la ventana abierta. - se que te duele mucho ver a tus padres así, pero debes ser una joven fuerte y... concha de tu madre. Quincent cayó en cuenta que le hablaba a las sabanas vacías. –concha de tu madre... Marlene corría por la calle oscura del 588 Crane Street, mientras la lluvia le escupía el rostro y resbalaba por el abrigo que habían comprado recién este invierno. Papá había insistido en que lo acompañaran a pagar cuentas, mientras mamá intentaba convencerla, hasta el punto que aceptó en perderse todo un domingo de no hacer nada, excepto jugar nintendo con Bob y Eddie. De pronto se dio cuenta de que iban a las tiendas del antiguo sector comercial, que todavía no había sido eliminado del todo por el centro comercial. Pasaron a comprarle el abrigo y luego comieron en un pequeño restaurant de tejas rojas, que parecía un portal a otro tiempo, otro mundo, donde el hoy se definía por un pescado frito o ahumado. Luego mamá le entregó unas cadenillas quiméricas y un par de sandalias para que las cambiara por algún adorno en la taberna feérica, donde flirteó con un Pooka que la acompaño a casa al anochecer, regalándole una hebilla labrada en el feudo. Ahora corría mojada por la vereda, iluminada de vez en cuando por los faroles. Debajo llevaba el camisón de dormir, y temblaba de frío, pero ¿qué era el Paso?, su Padre había tratado de decírselo en la tarde, y ahora todo el mundo parecía escapar. De pronto intentó saltar una fosa con agua, pero perdió el equilibrio. Alcanzó a morderse el labio con rabia, y calló de espaldas, golpeándose la nuca. –humana, una puta humana.- pensó con los ojos mojados mirando el cielo sin estrellas, en el suelo , totalmente mojada y con frío. – ¡¡¡¡¡LOS ODIO!!!!! –gritó. Se levantó con dolor y el agua corrió por todo su cuerpo. Ahora no se detendría por nada, sea la lluvia, o el dolor otra vez. Jamás te abandona del todo. Desde los doce que no lo hacía. Nadia se levanto y se encontró con que estaba sola en la cama. Las celosías se batían con furia contra la ventana, o puede que haya sido desesperación, pero de tanto en tanto dejaban que la luz de la luna la señalara, sola y desnuda. vaciló, pero decidió levantarse. Cogió la camisa a cuadros de Dave y se la puso, siendo esta su única vestimenta, le llegaba a las rodillas. La cola de ardilla le levantaba la camisa por detrás, solo un poco. La Pooka bajó las escaleras, haciendo crujir los tablones con sus pies descalzos lo más silenciosa posible. Al compás de la lluvia, los sollozos de Dave se escapaban con la luz del baño. Nadia sintió el corazón en un puño. Su pilar más fuerte estaba destrozado con la puerta entre abierta, con la frente apoyada en el espejo. Retrocedió un poco. - pasa. – el hombre había dejado de gemir y le habló con una voz amable, pero siguió sin moverse.- mi amor, no te preocupes. Pasa. Nadia se encogió en la oscuridad del pasillo. Su corazón saltaba como “una ranita enjaulada”. La luz del baño le iluminaba el rostro, y reflejaba sus ojos como almendras en la espalda de él, encorvada en si misma. –“pasa”. –le dijo otra vez, pero esta vez giró la cara y le dirigió una sonrisa, una mezcla entre un gesto reconfortante y de súplica. Tenía el pelo rubio sobre la cara, y la chaqueta sobre la ropa de dormir. Nadia le sonrió también, y entró al baño. Sus pies pisaron sobre el mármol frío, y su cuerpo se estremeció entero. Sus dientes comenzaron a castañetear, pero subió la mirada y sonrió, como quien sonríe cuando ama a alguien, y comprende que la otra persona siente lo mismo, no importa que llore a solas entre el mármol que sea. |
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Invitado el Paso (Historia)Enviado el 19-nov-2005, 04:02 h. (0) CitarHola a todos
La realidad es que escribo aquí solo pa’ complacer a Fargo. Lo conozco en la realidad y me pidió que posteara algún comentario. La verdad es que yo me mamé toda ese tremendo texto... y me gustó harto Pero sigan mi consejo... Leanlo!! |
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el Paso (Historia)Enviado el 20-nov-2005, 00:44 h. (0) CitarTa´chulo.
______ - Compra Megara Ediciones, Compra Futuro - |
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el Paso (Historia)Enviado el 04-dic-2005, 01:14 h. (0) CitarBueno Fargo, el hecho de que tan poca gente te haya comentado el relato seguramente te destrozo el ego de una forma horrible, ¿es verdad?....lo supuse, como ya sabes yo lei este cuento cuando recien lo tenias en proceso........ lo cual no dice mucho de el asunto, ya que todavia esta en proceso, pero claro, estan los puntos que se salen mucho de la historia en si, como que Quincey en realidad es un poco mas oscuro de como lo pintas en el cuento, pero claro, cuando lo estabas escribiendo el personaje aun estaba en construccion (de hecho creo que aun no habia jugado con el cuando escribiste eso) pero como cuento me gusta bastante, ojala lo termines algun dia....... aunque para serte sincero, no creo que lo hagas:giragira:
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El Paso (Historia)Enviado el 06-dic-2005, 02:53 h. (0) Citarno pesquen a Quincey, se metió con una Redcap:giragira:
por cierto, este Quincey es el Quincey de la historia ______ Teme el invierno, y traeras el invierno. Lucha con bravura, pues todos moriremos mañana. |
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El Paso (Historia)Enviado el 06-dic-2005, 19:28 h. (0) CitarQUE TE JODAN!!!!!
lo peor es que no se si te refieres a la dal juego o la de la vida real:esceptico: |
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El Paso (Historia)Enviado el 09-dic-2005, 03:35 h. (0) Citarse lo dejo a la imaginación de los lectores...:carcajada:
por cierto, donde pusiste tu cuento de Vampiro, Quince? ______ Teme el invierno, y traeras el invierno. Lucha con bravura, pues todos moriremos mañana. |
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El Paso (Historia)Enviado el 11-dic-2005, 14:28 h. (0) Citarmmmm.... podrias buscar en el foro de Vampiro
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El Paso (Historia)Enviado el 11-dic-2005, 19:54 h. (0) Citarhey, alguien que este viendo esto, que supongo no va a ser nadie, LEA NUESTROS CUENTOOOOS!!!!!!:sonrara: Quincey puso uno en vampiro, se llama this is hardcore, porfa, leanlo. (es mas corto que este:risatonta:) ______ Teme el invierno, y traeras el invierno. Lucha con bravura, pues todos moriremos mañana. |
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El Paso (Historia)Enviado el 14-dic-2005, 05:10 h. (0) Citaradivina, me lei todo tu extenso texto detalladamente , y esta muy bueno , pero temo que debo señalarte que aveces se pierde el tema por los cambios que se desvian del real conflicto dentro del relato.ese es como el unico error dentro de lo escrito.
eso , suerte y ojala lo termines pd: me gusto mucho el personaje de hitomi, en quién esta inspirado? ______ now, i understand the silence that was keep in my voice. |
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