En terra estraña
Entrecerró sus ojos un momento. Los gritos de placer o miedo que recorrían la fiesta del Bran se convirtieron en un lejano recuerdo para él.
Su cuerpo se trasladó en la distancia, recorriendo bosques y lagos en la piel de sus lobos. Podía ver lo que ellos veían, podía oler lo que ellos olían. Notaba el azote del viento en su rostro.
Dejó que sus aliados extendidos por todo el continente le llevaran donde quisieran. Cegó su mente para dejar el gobierno a la Bestia.
Y vio la torre. Vigorosa, señorial, vigilante. El viento era un huracán a su alrededor. El mar embravecido rompía cerca de ella, avisando a la tierra de que en ese punto terminaba su dominio.
Se vio a sí mismo, reflejado con el pelo al viento en una de las ventanas enrejadas.
Observó a los lobos, exhaustos, rodeando la construcción.
Con cuidado rajó su muñeca y dejó correr la sangre, que se fundió con la tierra.
Era un vínculo sagrado.
Rastreó en busca de sus guaridas.
Entrada publicada el 13-01-2007 a las 16:59 h.