Resignación.
“No estás muerto. Tampoco lo está aquel desgraciado, poco faltó. Ahora ya sabes qué quiero de ti. Yo te ayudaré a sobrevivir, y tú vivirás por los dos”.
Se despertó con esas palabras flotando en su conciencia. Estaba en una cama, tumbado boca abajo, con la cara hundida en las sábanas. Nunca había estado en esa postura más de unos pocos segundos. Olía a sangre. Tenía sabor de sangre en la boca. Abrió los ojos y se volvió para confirmar lo que empezaba a suponer: se encontraba de nuevo en casa.
Estaba solo. O no. Sólo lo sabía cuando el otro lo quería. A lo mejor debería haber permanecido quieto hasta haberse asegurado de que se podía mover. Tomó nota mental para la próxima vez. Demasiadas cosas habían cambiado, y ninguna para mejor.
Se dirigió al baño, encendió la luz, y se sobresaltó al verse en el espejo. Ya se estaba acostumbrando a la apariencia enfermiza, pero no a la de un asesino psicópata. Por su mente cruzaron imágenes de hombres bebiendo cerveza en jarras enormes en las que la mitad se derrama chorreando por la barbilla y sintió asco de sí mismo.
Tenía que lavar toda la ropa. Y las sábanas. Y lo peor de todo: seguía teniendo hambre. Le entraron ganas de llorar. No tenía lágrimas. Entonces vino la rabia. Aquella noche había vendido un pedazo de su alma por un bocado, y se lo habían arrebatado. Tenía un culpable para todo ello, y se trataba de un monstruo igual a aquel en que se estaba convirtiendo. Lo odiaba, y se odiaba a sí mismo por no haber sido capaz de ponerle fin a su drama cuando se decidió a hacerlo. Pero al otro más. Puso la ropa en remojo. No podía poner una lavadora a esas horas de la noche, no en un apartamento. Se alegró de no depender de una lavandería.
Sonó el teléfono. Una voz conocida, una dirección en un polígono, una hora, y una promesa de explicaciones. No llegó a dar una contestación. Como si fuera a cambiar algo. Ya sabía que daba igual lo que dijera porque todo le sería impuesto. Puede que incluso su oposición fuera como una golosina para el otro. Seguiría las reglas de ese juego, al menos hasta saber si podría llegar a escaparse o incluso, ojalá, a controlarlo.
Escuchó un despertador al otro lado de la pared. Eso le recordó que tenía que ir a trabajar, despedirse, más bien. Burocracia era una palabra desagradable, y ahora le sobraban razones para temerla. Y luego necesitaría una fuente de ingresos compatible con su nueva situación, algo honrado. Ja. Este último pensamiento le hizo sonreírse escéptico. Pronto iba a amanecer, de modo que sacó sábanas limpias mientras se abrumaba pensando en cómo podría seguir siendo un miembro útil de la sociedad.
Entrada publicada el 12-04-2007 a las 17:10 h.