Final
Se quedó paralizado. La silueta de un hombre se recortó contra la luz que procedía de la cocina y se proyectó en la pared del callejón, ocultando su propia sombra. No se atrevía a moverse, y deseaba que no le viera, no por miedo, sino porque se sentía como el cazador que teme ser descubierto prematuramente. Sus sentidos estaban despiertos, atentos, enfocados. El hombre arrastraba de espaldas un cubo contenedor de basura que rozaba el quicio y la superficie metálica de la puerta, envuelto en un fuerte olor a detergente que no conseguía enmascarar por completo el aroma agridulce de los restos de comida. Casi podía sentir el tacto de su cazadora de cuero gastada por el uso, el sudor que humedecía aquella nuca mientras una nube de calor escapaba del edificio. Oyó una despedida en el interior, y la respuesta de su objetivo, su presa, pues ahora percibía que estaba cooperando con el Hambre, y que ésta se replegaba paciente en sus entrañas mientras él dejaba hacer a su nueva naturaleza. Su viejo ser gritaba lejos, muy lejos, donde no podía oírsele, cada vez más lejos, cada vez más apagado.
El cubo se detuvo al tiempo que sonaba el cierre de la puerta. Cuando el hombre se giró, chocó de bruces con él, pero no llegó a reaccionar. Se vio a sí mismo abrazando tronco y brazos, con la boca cerrándose en su garganta, envolviéndolo con las piernas, cayendo hacia el suelo como cuando un árbol es derribado. El Hambre había dado la señal y el cuerpo había respondido al instante, como un resorte bien tensado. Su costado absorbió el golpe y ensordeció la caída. Los dientes hundidos en la carne dejaban manar un torrente rítmico de calor espeso que corría directo hasta su interior, desde donde se dispersaba irradiando vida hacia sus extremidades. A las propias sensaciones se unieron las de su víctima, éxtasis, dolor, terror, agonía. Embriaguez sensorial, euforia. Por un instante fugaz todo se detuvo, se hizo la nada, se paró el tiempo, una afilada lucidez le hizo saber que acababa de cruzar la línea, y continuó la vorágine.
Unas palmadas lo sacaron de su trance. Un escalofrío como un latigazo sacudió su médula, disparó sus sentidos, despertó su instinto. Aquel cuerpo que abrazaba hace un instante fue apartado como un pelele mientras se ponía en pie, encarando el peligro que venía por la boca del callejón.
Se trataba de Él. Él le había hecho esto, ser así, lo había vaciado, exprimido, y había acabado con lo que fue su vida, entraba y salía de su existencia cuando le placía, rapiñando, burlándose, regodeándose en su angustia, su ignorancia, su debilidad. Y ahora que había pasado su bautismo de sangre, ahora que se había rendido al afán de supervivencia, ahora que había matado, venía a por él. No podía explicarlo, pero lo sabía. Lo sentía como el depredador que se sabe presa de otro más grande, más fuerte, más voraz, y que no oculta sus intenciones.
No había salida. La había buscado desde el mismo instante en que descubrió la amenaza, pero estaba en un callejón sin salida. Ahora quería vivir, y se aprestó para la lucha o la huida, esperando su momento.
La oportunidad no llegó. El tiempo se ralentizó mientras el vampiro se abalanzaba hacia él. El brazo se movía muy lentamente, demasiado, para interponerse entre ambos. Sintió una fuerza que lo arrebataba del suelo y lo empujaba volando durante metros hasta chocar con una pared, pero no sintió el golpe. Las nubes reflejaban la luz de la ciudad. Alguien pasó por delante en la calle. Se estaba muriendo. No era la misma sensación que la otra vez. Una paz, un sosiego como nunca había sentido, reemplazó su vano esfuerzo de liberarse de aquella tenaza. Su calor estaba pasando a su asesino, lo notaba, veía cómo la vida que había robado se iba. Su mente estaba más despierta que nunca, parecía que nada podía escapársele, y se sumergió en el espíritu del ser que tenía a su lado. Sintió lástima de aquel monstruo sin sentimientos ni conciencia, que necesitaba robar los de sus víctimas, con aquella hambre insaciable, siempre insatisfecha, a la que ya sólo aplacaba la sangre caliente de sus iguales, y que acabaría por devorarse a sí misma. Saboreó su libertad mientras la oscuridad lo envolvía. Si hubiera podido hacerlo, habría sonreído.
Entrada publicada el 12-12-2006 a las 12:06 h.