El peor enemigo.
Había estado mascando y exprimiendo aquel filete de ternera hasta dejarlo irreconocible. Nunca había tenido una sensación de hambre así. Entonces vomitó todo aquel jugo que había tragado. Al menos, había tardado un poco más que cualquier sólido, y era un buen comienzo. Se sentía fatal. Cuánta razón tenía su madre cuando criticaba la calidad de la carne.
Se estaba desesperando. Iba a tener que salir, era inevitable. No sabía qué iba a pasar cuando viera el primer ser humano. No quería hacer daño a nadie. No quería salir. No quería nada de esto. Tenía hambre.
Tenía que valer la de un animal. Merecía la pena intentarlo, había que hacerlo. ¿Ratas, palomas? Demasiados gérmenes. ¿Un gato, un perro, los patos del parque? Nunca había sido capaz de plantarle cara a un perro, o de hacerle daño a cualquier animal, y tendría que matarlo, seguro que no bastaba un sorbito. Quería llorar. Gritó, pero no tenía aire en los pulmones. Tenía que aprender a usarlos de nuevo. Tenía tantas cosas que aprender…
Sangre de cerdo. Recordaba haberla visto en un supermercado. Unos taquitos de algo que podría ser sangre seca. ¿Serviría? Sus órganos servían para trasplantes. Todo antes que la sangre humana. Se decía que cuando un león la probaba se convertía en un devorador de hombres. La más dulce, había oído, tiene más azúcar. Se le habían puesto los dientes largos, se le estaban clavando en el labio inferior. Tenía que pensar en otra cosa, distraerse. Tenía que alimentarse.
Oyó el ruido del portal. Un ascensor se abría y cerraba. A lo mejor había vuelto. Esta noche no había aparecido. Le había metido en esto, y ahora debería poner los medios para que siguiera adelante. Era su responsabilidad. Él le había hecho esto. El ascensor se detuvo en otra planta, y unos tacones delataron a una mujer. Se imaginaba de quién se trataba. Y no, no la veía como un eslabón más de una cadena alimenticia. En absoluto. ¿O sí? Se cerró la puerta de una casa. En ese edificio vivían unas cuantas personas solas. Algunas más débiles que él. Sería fácil. Sería horrible. Era necesario. No podía ser él quien pensaba aquello.
Levantó la vista y se vio reflejado en una vitrina. Tenía pinta de cadáver. Estaba muerto. Muerto y hambriento. Bajó la vista y vio que había un mensaje en el contestador. Lo escuchó. Su jefe. Pero si aún estaba de vacaciones. Ese sí que era un vampiro. Tal vez le haría una visita algún día. Se lo imaginaba, aterrorizado, atrapado entre sus brazos, sintiendo cómo pasaba su vida de uno a otro. Se regodeó en la visión. ¿Pero qué estaba diciendo? ¿En qué se estaba convirtiendo? ¿Cómo podía pasar eso por su cabeza? Es el hambre, se dijo, no hará más que empeorar si no le pongo remedio. A la mierda los gérmenes, sus escrúpulos y su miedo a los perros. Estaba muerto, ¿no? Fue a por su abrigo.
Entrada publicada el 01-12-2006 a las 14:37 h.