Una crónica de Irmandiños: a revolta
Historia de una trobador errante
O cómo me lo pasé de bien este pasado fin de semana. Pero mejor será que comience por el principio...
Como representante hecateriana en la macropartida de rol Irmandiños: a revolta, considero mi obligación relataros las aventuras y luchas que allí vivimos semejante caterva exaltada de frikis, y por tanto me pongo manos a la obra. (Caín nos pille confesaos...)
No lo ilustro con fotos porque aún no están disponibles, más adelante me haré con algunas y os las pondré por aquí.
Venid, compañeros, acercaos a la hoguera y prestad atención. El relato comienza...
1er día: Viernes
El día del estrés. Por culpa del temporal, el examen del jueves fue trasladado a ese día y por ello tuve que renunciar a irme en el autobus que la organización ponía a disosición del grupo coruñés (había cinco buses en total, uno por capital más Santiago) y perdiéndome por tanto toda la juerga inicial y el ir conociendo a mis compañeros de batallas y honorables enemigos.
Cago en tó...
En fin, tras una fastidiosa mañana de exámenes, una comida agradable con dos (futuras) compañeras de escuela y el examen de la tarde, mi progenitor vino amablemente a buscarme para ir hasta Santiago a recoger mi equipaje y a mi madre. Al final salimos de mi casa a eso de las ocho.
Y el camino hasta Verín eran dos horas y media.
¡¡¡¡¿POR QUÉ A MIIIIIIIIIIIIIIIIIIII?!!!
Con más nervios que un solomillo de tercera, me paso el viaje anhelando llegar, mirando el paisaje y cagándome en los muertos del temporal de las narices, todo bajo un bonito diluvio que casi no cesó hasta llegar a Ourense city. ¡Por fin!
Verín y el valle de Monterrei aparecen ante nuestros ojos como ua bella joya. La hermosura del lugar sólo es superada por su enorme tranquilidad, casi de mausoleo (la verdad es que algo muerto si que estaba el lugar... pero aquellos que deseen un fin de semana relajante y plácido, que vayan a Verín, no se arrepentirán a menos que decidan ir en verano).
Llego al lugar que me fue indicado, una especie de cruce entre bar y centro de reunión donde la población del lugar (poca, la verdad) me explican amablemente que los Irmandiños acaban de ir a exigir la rendición del castillo por parte de Fonseca y compañía, así que me toca esperarlos contemplando el castillo y la hilera de antorchas que, como una serpiente de fuego, baja poco a poco la ladera del monte. Aprovecho para vestirme apropiadamente y colocar mi espada y mi daga de forma correcta.
Ya estoy lista para unirme a mi ejército.
Al cabo de un ratito van bajando los primeros, y entonces un fantástico desfile de frikis a la medieval se sucede ante mis maravillados ojos... y consigo el privilegio de ir hasta el campamento montada en uno de los tres caballos que había (que por cierto se llamaba Luna y era blanca, los otros dos eran Pinta (blanca con manchas marrones) y Rayo (castaño con crin negra)).
Una vez allí me reúno con mi cuadrilla: fray Gabriel (más conocido en Coruña por Puchy o Yoga) un monje muy muy muy parecido a fraile Tuck de Robin Hood, fray Guillermo (conocido en el Bathory a la hora de frikear como Orlok o Lokion) con su túnica de Nazgul tan parecido a un monje satánico, y Rohar (Tury o Greendeath, el gangrel devora-elíseos, para los amigos y frikis) el campesino escocés. La Irmandade da Coruña por fin tiene a todos sus miembros y se hace una piña muy unida merced a que todos nos conocíamos de antes, por lo menos de vista. Entre nuestros integrantes destacaban los trobadores: Xian de Verín apodado "o trobador da morte" (el famoso camarero de Bathory, Maci), Rosiña de Verdes (Aurora), Kiliam la Sarracena o como todo el mundo le decía, Kampanilla o Cascabelitos (Bárbara, y la verdad es que lo clavaba) y una servidora, conocida por todos como Xiana de Castro y trobadora especialista en tocar el puntero de la gaita.
Tras acomodar mi equipaje en la tienda que compartía con mi cuadrilla, tocaba ir a cenar: un delicioso churrasco con patatas fritas. ¡Al más puro estilo medieval! Platos y cuencos de barro por vajilla, sin cubiertos, en mesas y asientos de madera y con la hoguera a punto para enceder detrás. Tras dar buena cuenta de los manjares, Xiana se dejó guiar por su compañera de Irmandade y cofradía, Rosa, para conocer a miembros de otras Irmandades. Así me es presentado el cofrade burgués, odiado por todos y puteado por pocos, con el que tuve una "agradable charla" llena de piques (pero de buen rollo) antes de continuar mi vagabundeo por otras mesas. Hago amistad con otros compañeros de cofradía, en concreto los trobadores de la Irmandade de Lugo, y frikeo con ellos un ratito. Luego tengo un duelo de prácticas con Maci y charlo con varios frikis conocidos antes de irme a dar un paseíto por el campamento en general. El vino y el licor café no tardan en correr y se inicia un fiestorro de padre y muy señor mío, con cánticos, bailes y hoguera sanjuanera maxi size.
El frío intenta convencerme de que es mejor regresar a la hoguera y sigo su consejo, no sin antes perder mi daga junto al río. (ay, señor... menos mal que a la mañana siguiente la encontré...) Una vez junto a la hoguera, trabo conversación con un bacharel (creo que era un bacharel) de cabello rizado corto y negro, gafas y una cruz blanca bordada en su disfraz. Al enterarse de mi profesión me solicita que le recite un cantar y como buena trobadora lo complazco: el "Romance de Don Gaiferos" resonó en la noche dejando alucinado a mi interlocutor (apuesto a que no esperaba que se lo cantase entero...). Tras felicitarme el bacharel y yo vamos cada uno por nuestro lado y deambulo junto a la hoguera otro tanto, tocando el puntero y hablando con mis colegas, hasta que me encuentro de nuevo con el bacharel y éste me presenta a Tiago de Andrade, fidalgo da Irmandade de Lugo. En el transcurso de una amena charla entre los tres, hago una mención al futuro y señalo al cielo diciendo que eso deben preguntárselo a ellas, a las estrellas. La pregunta de "¡Oh! ¿Sabéis leer el futuro en las estrellas?" no tardó en salir, y yo contesté muy educadamente que lo leía también en el tarot y en la runas.
Dos minutos más tarde estaba de camino a mi tienda para coger mi baraja a petición del señor de Andrade, que quería que le leyese el futuro.
Luego de un ratito de interpretación con diversos personajes y un par de duelos por honor, don Tiago de Andrade y una servidora nos encaminamos hasta las tiendas de los lugueses para la lectura de las cartas, a la cual se sucedió una larga conversación entre nuestros personajes (4 horas de interpretación ininterrumpida! El paraíso terrenal!), amenizada con la múscia de los trobadores lugueses, que dormían en la tienda contigua, y que disfruté ampliamente, a pesar de que nuestros personajes tuvieran la daga a mano todo el rato por si acaso (XD Tiago pensaba al principio que yo era una asesina a sueldo contratada para matarlo, asi que...).
Paseíto hasta la hoguera para caldear nuestros cuerpos y charla con los más recientes miembros del campamento antes de ir a dormir.
Mañana iba a ser un día movidito.
2o día: Sábado
Despertarme a las diez de la mañana no es mi deporte favorito, como bien saben los que me conocen, y la verdad es que suele costarme sangre y ayuda. Pero no sé si fueron los nervios, las ansias o la impaciencia, que a las diez justas desperté de mi letargo justo a tiempo de oír llegar a nuestro cuadrillero con las bolsas del desayuno.
La primera vez en mi vida que me traen el desayuno a la tienda estando de cámping XD así da gusto!!!
Y muy bien seleccinado, a decir verdad: un brik de zumo, otro de cacao con leche, una manzana ácida, una magdalena y un panecillo de matequilla para cada uno. Nutritivo, ligero al estómago y lo bastante como para hacernos aguantar hasta la comida.
Tras el desayuno toca ponerse presentables antes de reunirnos todos y marchar hasta la tienda de los jefes, junto a la cual nos reunimos todas las Irmandades para escuchar el discurso del capitán Alonso de Lanzós y de su consejero (cuyo nombre real es Xacobo). Nos distribuimos ordenadamente, cada Irmandade en cuadrillas de cuatro o tres, y a la orden de "En marcha!" salimos a paso ligero rumbo al castillo.
Que Dios nos coja confesaos...
Para empezar, decir que el caminito de marras era todo cuesta arriba, con más curvas que una Venus paleolítica y encima la mitad era de tierra, lo que se traducía en piedras y barro porque anoche llovió. Y los cuadrilleros gritando "A paso ligero!" cada dos por tres... porque éramos leales y disciplinados, que si no...
Llegamos al punto I más o menos en condiciones aceptables y allí hacemos parón para ser informados del plan a seguir, La idea era tomar la fuente, el Arco y la Atalaya antes de la comida (más que nada porque en la Atalaya los enemigos tenían víveres), y en parte cumplimos. Cinco cuadrillas, la mía entre ellas, se dirigió a la fuente para tomarla mientras que el resto de ejército subía a por la Atalaya. Como se vio que con dos cuadrillas bastaba para hacernos con la fuente, las tres restantes subimos el sendero que llevaba hasta el Arco, donde veinte soldados de Fonseca nos esperaban espada y escudo en mano (todos los soldados tenían espadas y escudos, nosotros teníamos todos espada y el que se lo hizo o lo robó a un enemigo tenía escudo).
Diez minutos de intenso combate nos convencen de que es imposible tomar el Arco de momento por la privilegiada posición que concede a sus defensores (nos tocaba atacarlos desde abajo, y eso era muy chungo), así que nos situamos a unos pasos de distancia y damos inicio a un media hora de insultos a gritos entre ambos bandos con el fin de provocar al contrario, nosotros para que bajasen y ellos para que subiésemos. Fue uno de los mejores momentos no sólo del día sino también de todo el finde, y me exalté bien a gusto colocándome delante de mis compañeros (más o menos a medio camino entre ambos bandos) para gritarles pullas a los soldados, secundada por fray Martiño alias "el cura loco" y "el monje salido", "monje libidinoso", “monje pervertido", al que en dos ocasiones tuve que agarrar por la capucha y tirar de él hacia atrás para que no se lanzase él solito contra los veinte del Arco y que nos hizo reír a todos con sus provocaciones, calvos y bailes; Kampanilla y sus inseparables cascabeles en cabello y espadas (que por cierto a mí acabaron por apodarme Peter Pan los soldados a causa de mi vestuario y a raíz de eso me salió una provocación un tanto bruta), y varios compañeros de armas.
Visto que la cosa no avanzaba, nos ordenan bajar y custodiar la fuente: la batalla de la Atalaya terminó con la victoria para los nuestros (vimos toda la acción desde el arco y mi madre querida lo que moló) y ya casi era mediodía, tocaba un refrigerio. Tras estar cerca de una hora papando frío y lluvia todos arrejuntados bajo un árbol, los diez vigilantes decidimos que alguien debe ir arriba a solicitar información y, de ser posible, comida. Para arriba que se van Rosa, fray Fernando (creo que así se llamaba, soy un desastre para los nombres...) y una servidora, trepando el camino sólo para enterarse al llegar hasta arriba que como es la hora de zampar se detiene el juego y que nadie va a atacar. De hecho, estaban repartiendo la comida... ¡y no se habían acordado de nosotros! ¡Siegqueeeeee...!
A lo que íbamos. Agarrando varios bocadillos y dos botellas grandes de agua, deshacemos el camino para llevar alimentos a nuestros hambrientos compañeros y les informamos de la presente situación. Divertida comida bajo el sol cagándonos en los muertos de nuestros compañeros y revelando nuestro frikismo y afiliación. Concluído el ágape, varios subimos para solicitar instrucciones y a ser posible un relevo (estábamos hartos de vigilar para nada). Me entero entonces, por boca del señor Tiago de Andrade, que los narradores han vetado la trama que estaban fraguando todos los fidalgos por razones sólo por ellos conocidas y nos sentimos todos algo fastidiados.
Un preludio de lo que sucedería más tarde, sin duda.
Reunión de nuevo de toda las Irmandades, adjudicación del cargo de vigilar a los enemigos aprisionados en la batalla a a Irmandade de Lugo (a los que Xiana promete antes de bajar con el resto que matará a algunos soldados de su parte) y descenso por parte del resto hasta la fuente. Se releva a mis compañeros y entonces...
Atención. Porque aquí nos salimos un momento de la crónica para relatar el suceso desde la vista únicamente de un jugador.
Las leyes del juego estipulaban que si alguien "moría" tenía que ir hasta donde estuviese la Muerte a pedirle instrucciones; en caso de los soldados, tenían que volver al castillo. Así que imaginad nuestra sorpresa cuando vemos bajar de la Atalaya a todos nuestros prisioneros, así tan panchos, y cuando el directo del juego (Xacobo) les pregunta, le explican que están todos muertos porque los ejecutaron. A efectos de juego, eso quería decir que todos ellos seguían en la atalaya hecho cadáveres y por tanto ni idea teníamos todos de que estaban criando malvas. Así pues... ¿a santo de qué manda el jefe a dos emisarios con la orden de que traigan al cuadrillero de Lugo con todas sus huestes para que explique su acto, si no podía saberlo? Pero lo hizo. Y como personaje, no como director ni como jugador. Manda weeeeeeeeeebos.
Volvamos a la crónica.
Dicho y hecho, el jefe ordena esa incomprensible orden. Bajan los lugueses con los dos emisarios y el cuadrillero es interpelado acerca de su acción, de la cual admite su total responsabilidad y no se arrepiente, abduciendo que estando en guerra el enemigo bueno es el que está muerto. El jefe le suelta que está feo matar a personas desarmadas y manda que lo prendan, siendo obedecido prontamente. Y entonces saltan los lugueses, claro, en defensa de su cuadrillero, protestando y casi desenvainando las espadas, pero el propio cuadrillero les manda estar quietos y se deja prender. Discusión mediante, se decide que se le dejará seguir libre y ejerciendo su cargo hasta la vuelta al campamento, donde será juzgado.
Y ahora sí, tras dejar a dos cuadrillas de lugueses vigilando la fuente el resto del ejército vamos hasta la puerta del castillo, donde todos salvo la cuadrilla de vigilantes, que estábamos algo cansados y hartos, cargaron a lo garrulo contra los soldados que estaban allí apostados defendiendo, a pesar de las órdenes de alto del jefe. Y en eso aparecen más combatientes por detrás, en plan maniobra tenaza. Menos mal que eran los nuestros, que subían a ayudar en respuesta a la petición de refuerzos del comandante.
Dejando a la mitad de nuestros compañeros pegándose en la puerta, la otra mitad formamos en línea de a cinco con los escudos por delante y los mandobles por detrás, andando al paso, y tomamos el camino que conducía al campillo con la iglesia, uno de los puntos previos a la otra entrada del castillo.
Colega, allí nos esperaba toda una tropa de mercenarios mucho más numerosa que nosotros. Se nos pusieron los huevos por corbata al ver aquello. Así que mientras mis compañeros formaban yo fui enviada como emisaria a pedir refuerzos. Ale, a desandar todo el camino corriendo, que divertido. Voy inforrmando a todos los que me salen al paso hasta que me encuentro con el señor de Andrade, que me informa de que TODOS (sí, tooooooooooodos) los Irmandiños menos el capitán y cinco mataos que se estaban encargando de protegerlo estaban allí. En un minuto analizamos la bonita situación: atrapados entre dos fuerzas (la tropa del campillo y los soldados de la puerta) que nos podían patear el culo. Genial.
Ello se apostaron y yo sugerí apostar un vigía en el camino para que avisase si venían las tropas de la puerta, no fuese a ser que nos embolsaran.
Adivine el público a quién le tocó el puesto...
De nuevo una carrera para colocarme sin tardanza en una buena posición que me permitiese ver a distancia si se acercaban las tropas y allí me planté, jadeando de cansancio y con los músculos molidos. Pasa un rato y bajan dos soldados que me dicen que me acerque, "Venid, hermosa dama, no estéis sola" y blablabla, y yo negando con la cabeza. Sus muelos me iba yo a acecar. Y entonces veo bajar a la tropa de la puerta.
¿Alguna vez os ha pasado de sacar pifia en un chequeo de pánico? Pues fue justamente lo que me ocurrió. Fue verlos venir y salí a toda velocidad hacia el lugar de la batalla, donde mi scolegas ya se estaban atizando con los mercenarios, gritando para hacerme oír que los de Fonseca venían por detrás.
Medio ejército Irmandiño falla su chequeo de pánico y se giran.
Aquello degeneró. Es imposible que las reglas se cumplan cuando la sange se calienta, los ánmos suben de tono y doscientas personas (como mínimo) se pelean todas a la vez. De un juego estuvo en un tris de pasar a un verdadero combate a puñetazo limpio, y tuvo que ser frenado por los narradores. Menos mal que al final las tropas de la puerta decidieron no ir porque consideraron, con razón, que si iban la cosa se saldría (aún más) de madre.
La Irmandade de Coruña al completo nos reunimos aparte y decidimos, de común acuerdo, desertar como jugadores de la partida porque aquello ya era mucho. Y a punto estuvimos de cumplirlo, pero por suerte el jefe, que se enteró porque lo informamos de lo que pensábamos hacer, vino a hablar con nosotros, nos dijo que teníamos razón, nos rogó que no nos fuésemos y nos pidió que acudiésemos a la reunión general que organizaron en el campillo para discutir la situación. Accedimos y allí los narradores dieron un buen discurso, dictaron una serie de advertencias y de reglas para mañana y decidieron que por hoy ya era bastante y que volviésemos cada cual a su campamento.
Sin duda una decisión acertada. Los jugadores seguíamos algo mosqueados, pero tras asearnos, tranquilizarnos, hablar un poco off rol y vestirnos de nuevo para la cena, los ánimos se fueron calmando.
Menú de la noche: pollo con patatas, de nuevo delicioso y de nuevo comido a la medieval, aunque en esta ocasión la gente se sentó en grupos más formados por la amistad que por Irmandade, a diferencia de la noche anterior.
La conversación, la hoguera y los cánticos elevaron un poco el decaído ambiente, que se fue alegrando a medida que el vino y el licor café rulaba de nuevo y se anunciaban los juicios: uno para uno de los líderes enemigos capturados en combate (Zúñiga, un pedazo actorazo por cierto) y otro para el cuadrillero de Lugo.
El primero fue de fácil sentencia: todos estuvimos de acuerdo en que merecía la muerte, por lo que cuando el jefe preguntó a todas las Irmandades, una a una, cual era su veredicto, todas berreamos “Morte!”.
Aamigo, pero no es lo mismo condenar a un enemigo que a un colega de batalla que además ha demostrado tenerlos en su sitio. Sale el cuadrillero de Lugo, escoltado por dos soldados, y se situa frente a la hoguera. El jefe dicta la acusación y luego pregunta si alguien quiere hablar en contra o a favor. Lo menos diez personas salimos a testimoniar, exhortar o defender, todas con pasión y ánimo. La sentencia fue clara: inocente, aunque algunas voces maliciosas ávidas de espectáculo y de sangre gritaban muerte.
Una vez aclarado todo, Zúñiga fue conducido a la horca y colgado (una escena muy divertida y muy bien interpretada, con los monjes pidiendo permiso para que el hombre tuviese confesión antes de morir como se acostumbraba en la época. Muy piadosos ellos) entre gritos y risas.
Así que imaginad la sorpresa de Xiana cuando, al regresar a la hoguera antes de que el para ella desagradable espectáculo concluyese, se encuentra al cuadrillero de Lugo espatarrado en el suelo y susurrando “Asesino... asesino...”. Allá que aparece la meiga del campamento y monta una peacho escenita de magia pagana para salvarlo antes de que se nos muriera del todo, con ayuda de la menciñeira y del capitán Alonso. Mientras se lo llevan para que repose, varias teorías disparatadas se rumorean: que si veneno, que si herejía... (XD la realidad de todo el asunto era incluso más disparatada todavía, y varios PJs nos hechamos unas risas a costa de ella luego de saberla.)
Mi personaje, ociosa y decidida a hacer algo bueno, buscó al cofrade de los burgueses con un objetivo en mente: eliminarlo. Y justamente lo vio junto al río, alejado de la muchedumbre, en compañía de dos trobadoras colegas suyas de Irmandade. Mientras Kampanilla charlaba con el burgués, Xiana se acercó como quien no quiere la cosa y le mostró disimuladamente su daga a Rosa para darle a entender lo que pensaba hacer y ver si estaba de acuerdo. Rosa se acercó a ella, que sonrió inocentemente y exclamó en alto “Rosa, querida, vinde que teño algo que mostrarvos alí no río!” y cuando la tuvo cerca escuchó sus palabras. “Hazlo ya”. No necesitaba un mejor estimulante que ése. Así que, mientras hacía que Rosa caminase en dirección al río hablando en voz alta, para que diese la impresión de que ambas se alejaban, se deslizó con pasos silenciosos hasta la espalda del burgués y lo apuñaló finamente. Luego, satisfecha de su hazaña, se alejó dejando a sus tres compañeros (pues un tercero aguardaba junto al río para matarlo, sólo que yo me adelanté XD) se repartieran el botín del cadáver (consistente en un miserable maravedí... el muy listo había dejado la bolsa con el dinero en un sitio protegido para que nadie la cogiese si le mataban)..
Xiana volvió junto al fuego y relató su proeza a aquellos en los que confiaba y que sabía que la felicitarían (la verdad es que todos nos vitorearon como heroínas, porque todos lo odiaban al pobre XD... al personaje, claro, que el jugador era un cielo de persona y se lo curró muchísimo). Y una vez acabado el espectáculo, empieza otro. De golpe y porrazo, unos guardias aparecen con dos soldados de Fonseca que, palabras suyas, querían desertar y unirse a los Irmandiños. Otra vez a montar un juicio para ver que se decidía hacer con ellos, y Xiana, algo escaldada de tanta parafernalia repetititba, decidió dar un rando por los límites del campamento, no fuera a ser una trampa y aquel par de chavales una distracción. Tras concluír la ronda sin mayores probemas, regresó junto al resto a tiempo para ver concluír el juicio y oír la sentencia. Los soldados debían enfrentarse al cuadrillero de Coruña en la prueba del potro (nuestra cuadrillero había sido el campeón en las pruebas del Viernes ^w^), y si le ganaban o demostraban valor, vivirían. Decir que de dos golpes nuestro cuadrillero los bajó del potro, ni tiempo les dio a golpear ellos. Pero bueno, como la gente estaba magnánima, no se les ahorcó, y Xiana se mosqueó. Resolvió que acabar con ellos, tal como habia hecho con el cofrade, sería lo mejor, y junto con Tiago de Andrade se acercó a los recién absueltos soldados. Dejando que Andrade se llevase a uno aparte, Xiana vigiló que el otro no se diese cuenta de la marcha de su compañero y se ofreció amablemente a “guiarlo por el campamento” cuando preguntó por su compañero. Dado que el soldado, inteligentemente, no aceptó la oferta, Xiana esperó a que nadie mirase y se situó a su espalda, con la daga en la mano. Estaba a punto... cuando Andrade y el otro soldado regresaron. Andrade le comentó que prefirió dejarlo vivir luego de asustarlo a base d ebien y oírlo suplicar, y Xiana se encogió de hombros. No estaba muy de acuerdo, pero la verdad es que le importaba poco. Tiago y ella se apartaron del grupo charlando y dando un paseo. Justo después de pasar por las tiendas luguesas, donde se hicieron con una antorcha, vieron su conversación interrumpida por el jocoso comentario de un compañero de la Irmandade de Santiago que provocó que Xiana sacase su espada con toda la intención de cortarle la lengua. Por suerte, el señor Delacroix (así se llamaba) se disculpó a timepo y don Tiago frenó a la impulsiba trovador. En términos cordiales, los tres continuaron intercambiando opiniones, hasta que una llovizna persistente hizo sugerir a Xiana que siguiesen la conversación a cubierto y les ofreció asilo en su tienda.
Como en la noche anterior, otras varias horas de ininterrumpida interpretación se sucediron, alegrando el espíritu de esta humilde cronista. Un rato más tarde el señor Tiago se marchó rumbo al grupo y Xiana le leyó el Tarot a Delacroix, con la compañía de Campanilla que se había acercado hacía unos minutos. Después de un rato de contar chistes y sin nada que hacer, resolvimos volver al calor del fuego, donde nos acomodamos para seguir contando gracias junto con algunos otros compañeros. Finalmente acabamos trazando un plan para eliminar a los dos de Fonseca, hechando las culpas a tres soldados de Zúñiga que también habían bajado al campamento con supuestas intenciones de desertar del otro campo.
Estábamos a punto de ponerlo en marcha cuando por la entrada del campamento entró una cuadrilla de diez hombres de Zúñiga con estandarte incluído en plan bandera blanca y diciendo “No, si estamos off rol, es que queríamos unirnos a la juerga”. Ante semejante visión determinamos abortar el plan, aunque más tarde lo lamentamos, pues los soldados resultaron ser un par de traidorzuelos que regresaron luego con los suyos para informar.
Shokeada por tanto surrealismo, Xiana se largó a dar un paseíto. Más alamda, sostuvo una calmada charla durante unos minutos con Tiago y Delacroix antes de que los tres marchasen cada uno por su lado a sus respectivas tiendas, donde se metió en su saco y en breve quedó dormida, agotada por los acontecimientos.
Aún quedaba la batalla final...
3er día: Domingo
No queríamos que llegase. Porque supondría que el fantástico sueño en el que habíamos vivido los dos últimos días tocaba a su fin, y éramos incapaces de resginarnos.
Amaneció lluvioso y gris. En vez de a las diez, nos levantamos a las diez y media, y con gran pereza fuimos tomando el desayuno, cada cuadrilla acurrucada en su tienda aprovechando el rato de tregua que nos concedía la lluvia. Pero el vagueo no es eterno, así que terminé por vestirme e ir hasta la tienda de los jefes en busca de instrucciones. Me dijeron que hasta que aquello no escampase un poco, no se movía ni Cristo bendito, con lo cual retorné a mi tienda y me tumbé sobre mi saco, agradeciendo el calorcito y la suavidad que me proporcionaba. Departí un rato con mi cuadrilla y cambiamos impresiones sobre lo sucedido ayer.
Cuando la lluvia amainó un poco, aquellos con ánimos para ir a la batalla formamos en la explanada frente a la plataforma de los discursos. Allí fuimos informados de que los mercenarios se habían pasado a nuestro bando la noche anterior y nos esperaban en el camino para ir todos juntos a tomar el castillo.
Las Irmandades y cuadrillas fueron disueltas y se ordenó a la gente reunirse en grupos mezclados bajo la bandera de un cuadrillero. Cinco grupos en total, divididos luego en comando de cinco o cuatro personas. Me tocó ir bajo el mando del cuadrillero de Coruña de nuevo, teniendo como compañeros de comando a Xian de Verín (Maci), Rohar (Tury), fray Guillermo (Orlok) y Tiago de Andrade.
Luego se nos dijo que fuésemos con la menciñeira que nos iba a dar una bandita roja de experiencia militar (a efectos de juego, nos otorgaba un punto extra de vida), y la meiga comenzó a decorar los rostros con pintura azul, en plan Braveheart. Yo me pinté a mí misma, retoqué a un par de personas y formé con mis compañeros. ¡La vanguardia de la vanguardia! Ante nosotros marchaba nuestro cuadrillero con el estandarte y un guardia, amén del capitán alonso que de vez en cuando andaba por delante nuestra y a ratos por detrás.
A la salida del campamento, efectivamente, nos aguardaban los mercenarios, que al ver nuestra actitud (acercamiento lento, espadas en mano, caras desconfiadas) arrjaron armas y escudos al suelo para demostrar que iban realmente de nuestro lado y que podíamos confiar en ellos.
Sí, claro.
Evidentemente, al ponernos en marcha, los hicimos ir delante. ¡Amos hombre! Ni locos les dábamos la espalda (que quien traiciona una vez...).
El tiempo fue inclemente, y pronto la lluvia volvió a abatirse sobre nosotros, haciendo aún más penoso nuestro ascenso y calando nuestros cuerpo, mientras los gritos de “Aligerad el paso!” resonaban por todos lados.
Mojados y cansados, pero con gran ánimo y voluntad, llegamos al campillo del día anterior, donde nuestros enemigos nos aguardaban en perfecta formación. Nos colocamos en nuestros lugares, todo lo ordenados que pudimos, y en breve los gritos de “Bastardos!”, “A morte!!!” y “Queremos os piños dos Irmandiños!”, junto con el golpeteo de las espadas contra los propios escudos, llenaron el campo de batalla, ambos bandos provocándonos antes de las confrontaciones.
Los mercenarios lucharon primero, provando el sistema acordado el Sábado de cinco combates individuales por grupo (en total unos 20 o 25 combates a la vez), arbitrados por los narradores. Comparado con la ida de olla de ayer, el sistema era bueno y funcionaba estupendamente.
Y así, en la tercera oleada de asalto, fue el turno de Xiana de luchar contra un soldado rubio al que apodaban Draco Malfoy. Mandoble contra mandoble, sin escudos. En un primer ataque, debo admitir que le di un buen golpe no intencionado en la cara, algo que casi me hizo soltar la espada de vergüenza mientras le pedía perdón (los golpes en la cara estaban prohibidos, pero se me desvió la espada). Por suerte no me lo tuvo demasiado en cuenta y reanudamos el combate, durante el cual me venció honorablemente (cabe decir que él estaba tocado de una pierna, por lo que cojeaba un poco, así que su victoria tuvo mucho mérito a pesar de gozar de un punto más de vida que yo, y aparte yo era una inexperta total en eso de luchar con espada) y tiñó de rojo el campo con la sangre de Xiana, que exaló su último suspiro bajo en cruel diluvio presente durante toda la épica batalla.
Su cuerpo quedó allí tendido, mientras que su espíritu (yo) acudía a los brazos de la muerte para que ésta lo marcase antes de mandarlo al limbo (a efectos técnicos, me pintarrajeó la cara de rojo), desde el cual observó al resto de sus compañeros luchar y, en varos casos, perecer y unirse a ella.
Así concluyó la vida de Xiana, pero no la diversión.
La batalla terminó devido a la lluvia, por lo que no hubo vencedores ni vencidos. Y todos los jugadores, en buena armonía subimos al castillo para tomar un merecido refrigerio consistente en bocadillos y empanadas. Mientras devorábamos los alimentos, charlábamos de los últimos eventos y un poco nos lamentábamos porque hubiesen terminado. También temblábamos, ateridos por nuestras ropas empapadas y por el viento frío que soplaba. Así y todo, muchos optamos por quitarnos algunas prendas y las pusimos a secar al tímido Sol que asomaba. Risas, bromas, fotos y discurso final de los narradores, lleno de aplausos y de gritos, todo sucedió tan de prisa que antes de darnos cuenta estábamos en los autobuses para bajar al campamento y recoger nuestro equipaje. Más bromas y risas, especialmente a costa de la eternamente hiperactiva Campanilla (que se pasó los tres días saltando sin para con la panderata, en serio), que se durmió por inactividad forzosa durante la bajada (es difícil saltar en un bus).
Recogimos todo con pena, pero felices por haber vivido tan fantástica aventura. Las despedidas se hacían difíciles, aún con la promesa de volver el año que viene y de vernos en breve en la macropartida que posiblemente se celebre el 31 de Octubre.
Finalmente cada cual montó en su autobus, y la separación definitiva aconteció con la llegada a la ciudad de Santiago. La vuelta a la realidad cotidiana nos aguardaba, y muchos nos sentíamos extraños con la ropa “normal” y viendo a la gente vestida “nomal”.
Pero la fantasía no había terminado... sólo se está tomando un respiro.
¡Hasta el próximo sueño, compañeros! ¡Muy pronto nos veremos!
De la loca trobadora santiago-coruñesa que tanto os quiere,
Xiana de Castro, alias Morgana
______
"Life is just a dream on the way to death"
The Crow II-City of angels
"Master nuestro, que tienes la sartén por el mango, santificados sean tus dados, vengan a nosotros tus tiradas. La pifia nuestra de cada día perdónanosla hoy, y perdona nuestro meta
Entrada publicada el 28-09-2006 a las 20:52 h.