Null
Esta noche no dejaban de dolerle la espalda ni el cuello. Ya se había tomado un par de relajantes y empezaba a sentir como poco a poco se le escapa la conciencia como cuando un niño atrapa a una mariposa y abre las manos para que vuelva a volar, pero ésta se queda un poquito entre las puntas de los dedos.
No era todo lo que se le escapaba, los problemas estaban a punto de despedazarle como el tormento de los cuatro caballos atados a las extremidades. Claro que eran muchos más de cuatro caballos y su única esperanza era que se estorbaran entre ellos. Seguro que ocurriría así, sí, y ella volvería a hablarle y todo retornaría al punto en que su vida comenzó en caída libre hacia el infierno.
No pasaba un día que no pensara en ella, que no mirara sus fotos y contuviese la respiración en cada una de ellas. Sin mucho esfuerzo era capaz de oir su risa rompiendo contra los acantilados del aburrimiento y oler el bálsamo que se ponía para su tobillo malo. Con ella olía a algo mucho mejor.
Había llegado a conocerla de una manera casi dolorosa, sus dos almas se juntaron brevemente, así que ella al dejarle de golpe se había llevado una porción de la suya también. Tampoco es que la quisiera para nada en especial, pero ese trocito que faltaba dolía y le escocía más con cada trago de alcohol que pegaba. Pero era el momento de autocastigarse y si con alcohol dolía más, pues era el momento de beber y además de la peor calidad posible.
La echaba mucho de menos, su conversación, sus golpes en el hombro cada vez que decía un comentario inoportuno (y eran bastantes a lo largo del día), su risa, sus ojos del color del bronce viejo y sabio, cada poro de su cara y las arruguillas que se le formaban con cada expresión, su manera de apoyar la cabeza en las dos manos cuando creía que nadie la miraba (cosa que era imposible ya que brillaba con una luz capaz de traer los barcos perdidos a buen puerto y de profanar las tinieblas del más allá con un hálito de esperanza)...
Todas las historias terminan y esta no iba a ser menos. No importa de quien fuera la culpa, aunque él tenía claro que era el único culpable, lo que contaba es que todo dolía enormemente. Los días eran más largos y grises y respirar costaba el triple de esfuerzo en mundo en el que ella estaba lejos.
Volvió a frotarse los ojos y volvió a desentrañar el pentagrama que brillaba en la pantalla de su ordenador. No podía fallarla esta vez...
Es una historia para Null, el Pj de "La cueva", pero que levante la mano el que no se haya sentido un poco igual alguna vez. No, no veréis mi mano levantada no. Todos ponemos un poco de nosotros en nuestros Pjs, ¿verdad?.
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"Love is a snowmobile racing across the tundra and then suddenly it flips over, pinning you underneath. At night, the ice weasels come."
-- Matt Groening
Entrada publicada el 19-06-2006 a las 23:46 h.