La verdad es que
pocas veces me he puesto ante una hoja de personaje y e intentado sortear los desafíos de un master. Al ser yo el primero de mis amigos en comprar libros de rol (y ser yo el que los adquiría casi todos) casi siempre
era yo el que se sentaba al final de la mesa y creaba mundos para que todo el que quisiese se diese un paseo mental, luchando, sufriendo y triunfando en sagas que creabamos a pachas. Que hay que dar al Cesar lo que es del Cesar y reconocer que
son los jugadores los que dan vidilla a esas ideas que revolotéan en nuestras cabecitas.
El caso es que como ahora no tengo gente al otro lado de la mesa y sin habitantes mis mundos están muertos, me he liado la manta a la cabeza y me he metido de lleno a lo del rol por foro en la
Comunidad Umbría, estupenda página y estupenda gente, para ponerme un parche de nicotina de roleo que me está gustando un huevete. Pero por aquello de que antes de caminar hay que saber gatear,
me he metido en media docena de partidas como jugador.
En muchas de estas partidas, como método de selección,
le piden a uno que se haga un personaje y lo envíe al director, y este reunirá a los mejores para jugar con él. Esto sirve para ver el estilo, la creatividad y la imaginación del solicitante, así como el esfuerzo que va a poner en la partida. Y ahí estaba yo, delante del portatil, con un desafío distinto cada vez.
Nunca me había dado cuenta de
lo íntimo que es crear un personaje. Porque cuando uno se busca un alter ego vampiro, explorador o samurai está dejando miguitas de pan de lo que lleva dentro. Primero cree a
Doji Tanitsu, un samurai obsesionado con alcanzar la perfección, con saber y aprender todo lo que haya en el mundo, una obsesión propia que encarné en un joven Grulla. Después vino
Diego Velazquez, un antiguo inquisidor que se culpaba de la conversión de su hermano en vampiro, y de haberse visto obligado a acabar con su vida al ser una afrenta al señor. Culpabilidad y deseo de redención. El siguiente fue
Nikolai Revchenko, un joven ruso capaz de mover objetos con la mente. En Rusia se consideraba a si mismo un monstruo, y compensaba esa frustración con sarcasmo, pero al llegar a Estados Unidos descubrió un mundo nuevo en el que había otros como él y todo era nuevo y excitante. Un nuevo lugar que le daba la oportunidad de cambiar de vida, como Madrid me la dio a mí. Y del sarcasmo mejor no hablamos. Y los que me guardo en la manga.
Pero tal vez el que más he difrutado interpretando ha sido
El Fantasma de la Opera, para una nueva Liga de Caballeros Extraordinarios. El Fantasma, del que me he visto un par de películas para documentarme, y pienso leerme el libro, es un ser apasionante. Es un hombre
terriblemente egoista, pero a la vez alberga el deseo interior de ser amado, de ser aceptado a pesar de sus deformidades.
Ha creado un escudo protector a su alrededor para que nadie vuelva a dañarle, tras haber sido criado entre desprecio y abusos. En resumen,
quiere que le quiera todo el mundo, pero no sabe como hacerlo, así que intimida, mata, insiste en dominar con miedo, como le dominaron a él. ¿A quien os recuerda eso?
A
Hulk.
En un comic de Peter David exponían la dicotomía de Hulk de forma que parecía casi evidente.
Humanos débiles no dejan solo a Hulk, grita el coloso esmeralda, pero,
si realmente quisiera, el podría estar solo. Podría llegar con facilidad a una isla desierta, perderse en groenlandia o lo que quisiese. Pero Hulk quiere ser amado, en el fondo, y
como un niño, se enrrabieta, rompe, destroza y grita para que le hagan caso. Igual que el Fantasma de la Opera.
Tal vez por eso me guste.
Así que desde aquí un abrazo a todos los Umbrianos y en especial a Drizz y Dama Isawa, los primeros en darme una oportunidad y aceptarme entre los suyos. Gracias.
Entrada publicada el 12-04-2008 a las 13:57 h.