Los dados rodaron por la mesa una última vez. Había terminado. El shugenja de Tarkis había completado el ritual, mientras sus compañeros intentaban evitar que
Fushin, el onisu de la traición, acabase con él.
Los cuerpos de sus dos compañeros muertos, destrozados por las gigantescas katanas del gigantesco demonio de 6 brazos, se iluminaron cuando las runas que cubrían el pasillo de piedra sobre el volcán brillaban con un fulgor rojo, agotando su poder para completar el ritual. En medio del altar, el joven Fénix canalizó todo el poder del volcán
hasta el Corazón Oscuro de Fu Leng, destruyendolo, condenando al Dios Oscuro al olvido.
El Imperio estaba a salvo.
Las runas, lo único que mantenía al resto de Oni, ogros, no-muertos, perdidos, todos los seres que se habían transportados a la montaña atraídos por el ritual,
se habían agotado. Y todos ellos cargaron, gritando, aullando su ira contra el puñado de héroes que habían destruído a su Dios para siempre.
No tenían esperanza.
Hida Saguro ayudó a su amigo,
Shosuro Nakata, a ponerse en pie. Al Escorpión apenas le quedaban momentos de vida, por la gravedad de sus heridas. Pero moriría en pie, luchando y sufriendo. Como habían vivido. Ellos,
Sadna, la joven Naga,
Kakita Shimazu, el guardaespaldas Grulla, s
e pusieron en pie para luchar una última vez sin esperanza. Y tras las líneas, Daigotsu no se atrevió a liderar la carga.
No pude quedarme mucho más, había quedado para cenar con el bueno de Jose Antonio, que era el que me hospedaba. Apenas tuve tiempo para contarles el epílogo de su historia, e irme.
Porque era su historia. Nunca fue mía.
Fue el más grande relato del mundo, y yo tuve un asiento de primera fila para verlo. Tuvo partidas geniales, partidas de pasada, partidas horribles. Fue una campaña que duró
más años de los que admitiré jamás. Con sus risas, sus anécdotas repetidas hasta la saciedad, con las típicas bromas sobre mis reglas (
pedidle, pedidle a Andrés que os explique con una cerveza en la mano porque en Rokugan si quieres comprar manzanas os dan melones) Y se terminó. Y no creo que el final desmereciese. La lucha desesperada, el nerviosismo por buscar el éxito, por burlar a las Fortunas que siempre estaban en su contra, por todo.
Tenían que morir. Tenían que morir, o la tentación de regresar a unos personajes que crecieron más alla de nuestras expectaciones
hubiese sido demasiado grande.
Así que hoy alzo mi vaso de sake por los mayores samurais de todo el Imperio Esmeralda.
Por mis jugadores.
Solo lamento que no estuviese Quaid.
PD: El corazón oscuro de Fu Leng, era, realmente, la cabeza de Hantei XIX robada por Kuni Yori tras el segundo Día del Trueno, que habia construído una capa de carne a su alrededor y empezaba a revivir. Este es un dato que nunca compartí con mis jugadores, y me vino la inspiración hace unos 7 años cuando leí esta carta de las Tieras Sombrías. Ya ves tu lo que puede dar unos putos parrafos.
Entrada publicada el 07-04-2008 a las 22:24 h.