Soledad
Hacía sólo veintiocho segundo desde que Jimmi le había dicho que mirase por la ventanilla. Y Jonh nunca imaginó lo que iba a ver.
A la derecha de la ventanilla, el brazo robótico de la ISS terminaba los últimos ajustes para descargar las herramientas que él, Jim y Françoise habían utilizado para revisar la parte inferior del casco de la estación.
Se habían apresurado más de la cuenta porque un evento de importancia capital iba a ocurrir en tierra, y deseaban ver la ceremonia de inauguración.
Hoy comenzaba a funcionar el Colisionador de Hadrones.
La ceremonia empezó con todo el boato del que los gobiernos de la Unión Europea eran capaces.
Tras esto, el encendido del aparato, más ceremonial que real, culminó una inauguración amenizada con la música del Himno a la Alegría.
Ese sencillo gest daba el pistoletazo de salida para una época que se presumía de grandes descubrimientos en física.
Los tres ocupantes de la estación abrieron sus raciones de lujo, especialmente guardadas para la ocasión, y se dispusieron a celebrar el festejo.
Ahora, mirando por el ojo de buey de la pared, Jonh no daba crédito a lo que veía.
Bajo ellos, la tierra se extendía imponente, majestuosa. Pero algo extraño estaba ocurriendo, una ola de color gris ceniza se iba extendiendo por su superficie, cubriendo todo aquello como una marea imparable.
Los colores azules y terrosos de Europa y el océano Atlántico habían desparecido engullidos por la masa gris. En pocos segundos la oleada llegaría a Norte América. Sólo el ruido de la estática llegaba a través de los canales de radio.
En menos de un minuto, sus ojos sólo podían contemplar materia gris, mirasen donde mirasen. Y donde antes estaba un mundo vivo y repleto de colores y belleza, ahora reposaba un frío cadáver de materia muerta.
Ninguno de los tres astronautas pudo decir nada, sólo contemplar, en un pavoroso silencio, la más absoluta soledad.
Entrada publicada el 07-04-2008 a las 20:54 h.